Diario de León

TRIBUNA

El ego mató la Gran Marcha de la izquierda

Publicado por
Alejandro Campillo Pestaña y Jorge Mateos Álvarez miembros del Comité Provincial del Partido Socialista de León
León

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L a elección de Enmanuel Macron como presidente de la República Francesa deja un panorama inquietante en las filas de la izquierda francesa si es que aspira a seguir en el gobierno y evitar que el poder caiga en manos de la derecha en las elecciones legislativas de junio.

La V República fue instaurada por el General De Gaulle para, según su criterio, liberar a las instituciones del secuestro al que estaban sometidas por parte de los partidos políticos. Y hoy, 59 años después, los partidos políticos que sostenían esa concepción de la República han sucumbido a movimientos de carácter personal (Macron, Le Pen y Mélenchon), más personal si cabe que el movimiento gaullista que sostuvo el gobierno desde 1958 hasta 1974, muerto ya el general.

Macron, heredero político de Hollande, el presidente peor valorado de la historia de la V República, que ha conseguido, como el Cid, ganar batallas después de muerto (políticamente). Pero esta elección agrava desde la primera vuelta las fracturas en la izquierda desde el socioliberalismo que ha dirigido el gobierno con Ayrault, Valls y Cazeneuve a la cabeza hasta los electores socialistas seducidos por el mensaje rupturista de Mélenchon y su movimiento de la Francia Insumisa.

Y lo que a simple vista es una derrota socialista no es más que una crisis interna de la misma familia política: Hamon es el representante del Partido Socialista con el 6% de los votos, pero tanto Mélenchon como Macron proceden del Partido Socialista, y juntos alcanzaron el 50%. ¿Harán el Partido Socialista y el conjunto de la izquierda un esfuerzo de entendimiento para lograr condicionar la política del futuro gobierno? No parece. Asistiremos a unas legislativas con grandes divisiones en la mayoría de las circunscripciones y facilidades máximas para que los candidatos conjuntos de Los Republicanos y UDI (centro derecha), por un lado, y del monolítico Frente Nacional por otro aniquilen a los representantes de la izquierda en todos los puntos de la geografía hexagonal.

El oportunismo lo abrazó Mélenchon el mismo 23 de abril con un mensaje ambiguo respecto a la segunda vuelta. Una persona de izquierdas no puede dudar ni escabullirse a la hora de elegir entre un republicano y una fascista. ¿Por qué no pidió a los suyos el apoyo a Macron sin fisuras y les llamó al trabajo para obtener un buen resultado en las legislativas? Le pudo el ego. Hoy ni siquiera es capaz de ir a junio con acuerdo entre su movimiento personal, los verdes de EELV y el Partido Comunista.

Macron tampoco queda exento de egocentrismo y exige a quien quiera ser candidato bajo el apelativo de ‘Mayoría Presidencial’ renunciar a la investidura de su partido de origen, mayoritariamente el socialista. ¿Se ha parado Macron a pensar qué habría sido de él sin el apoyo de una gran masa de socialistas, cargos y votantes que apelaron y optaron, en primera vuelta, por un voto útil para que venciera y estratégico, en segunda, para parar el fascismo? ¿No son el secretario general, Ferrand, y el portavoz de su movimiento, Castaner, diputados socialistas?

La conclusión es bien sencilla: los egos y las discusiones teóricas evitarán que tras las legislativas de junio haya una mayoría de diputados que puedan sostener a Macron y condicionar su acción de gobierno por la izquierda. Mélenchon se queja de las políticas pero no hace nada para condicionarlas en las instituciones. Macron quiere una mayoría personal obviando que ha sido elegido por todos los republicanos, muchos de los cuales no apoyan su proyecto socioliberal y desean matices en la acción del futuro gobierno. Después de Hollande, Fillon ganará la batalla tras su muerte por sobredosis de corrupción y la derecha conformará gobierno secuestrando el quinquenato de Macron, haciendo quizá que el retorno de la Gran Marcha acabe con una decepción política que dejará al final del mandato la presidencia en manos de la derecha o, directamente, del fascismo de los nostálgicos de Vichy.

Todo lo anterior es actualidad francesa, pero ya lo hemos vivido en España, nuestro Mélenchon se negó a sostener en la investidura al mejor candidato posible. Con ello propició la continuidad del Gobierno de la derecha más corrupta de Europa. Ahora nos vende una moción de censura, cuando en marzo de 2016 tuvo a su alcance expulsar a Rajoy de La Moncloa y poder condicionar las políticas del nuevo Gobierno, pero le pudo el ego y el ansia de revancha con el partido que le dio calabazas (IU) y el partido que antes tenía la confianza del grueso de su actual electorado, el PSOE. ¿Se quiere contribuir a mejorar la vida de los ciudadanos y sacar al PP del poder o sólo se está jugando a la política como si del reparto de Juego de Tronos se tratara?

En los movimientos cesaristas, sea En Marcha, Francia Insumisa o Podemos, siempre se antepone el narcisismo y las cuestiones ideológicas particulares a la tarea de ejercer el poder y ponerlo a disposición de la mayoría. De Ciudadanos, mejor ni hablar. No son más que un comité de apoyo personal a Albert Rivera (un derechista acomplejado y arribista que ni siquiera es capaz de condenar el franquismo como es debido) que se adueña de las victorias de Macron (un republicano sin complejos que planta cara al fascismo y al catolicismo más rancio) como si fueran propias. Un oportunista falto de escrúpulos y sobrado de ambición. 

Narcisismo, egos, purismo ideológico, escrúpulos y ambiciones, algo imperdonable en la izquierda europea que acabará rematando el vetusto pero vigente sueño de la Gran Marcha, esa mediante la cual millones de personas durante muchos años en distintos lugares del mundo hemos militado para combatir las desigualdades, ensanchar las libertades individuales, procurar la justicia social y levantar la única bandera que a lo largo de la historia ha merecido la pena: la de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

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