NUBES Y CLAROS
Asfixia digital
Iba a leerlo. No sólo con curiosidad, sino con interés. Pero no fue posible. Apenas posar la flechita del ratón sobre lo que había captado mi atención entre la imposible maraña de objetos y sujetos fijos y móviles que abarrotan mi pantalla, emerge una legión de cuadraditos y cuadradotes que me ofrecen, me piden, me tientan o me confunden. O todo a la vez. Tienen un denominador común: no me interesan. Mejor dicho, dos: desincentivan exponencialmente mi interés. Y tras alguna estafa tolerada y amparada por mis compañías telefónicas por haber dado al parecer al tun tun un sí que me encadena más que la hipoteca de la casa sólo por haber intentado borrar de mi vista lo que me perturba, prefiero una clásica marcha atrás y quedarme sin el gusto del momento, pero a salvo del disgusto del futuro.
Que parece que tampoco es buena política, como demuestra el WannaCrypt, el ensayo de ciberataque global que ha permitido que nuestro Incibe saque pecho y evidencie dos cosas importantes: una, que aquí se ha trabajado y se trabaja mucho y bien; otra, que nunca se es suficientemente bueno contra el crimen, y la sociedad tecnológica es un excelente caldo de cultivo para la delincuencia.
Porque al final no pocos equipos infectados lo fueron porque no se habían actualizado. Hasta ahora los expertos tomaban las alertas que cada mañana despiertan con nuestro ordenador como un incordio empresarial; y la legión de usuarios que somos vemos abrirse una ventanita en la pantalla con un aviso y la cerramos espantados temiendo la cosa se autodestruya en cinco segundos como en zapato de Anacleto.
Lo realmente terrible no es que el tsumani tecnológico que tanto nos aporta nos arrastre a la vez en un bucle que no controlamos ni entendemos. Lo terrible es que los millenials, y los que llegaron detrás de los millenials, sigan revolcados sin sentido en la centrifugadora de una sociedad que exige aquello que al mismo tiempo frena desde el mundo educativo. Lo espeluznante es que el universo tecnológico está aquí, y ningún ciudadano, ni los más jóvenes, está preparado o preparándose para salir a flote en él.
Ojalá no se cumpliera aquel presagio de ser gigantes tecnológicos y enanos éticos. Ni siquiera empleables. Pero está aquí y ahora. No podremos librarnos de los ciberataques, pero ¿podremos alguna vez asumir la responsabilidad de tomar las riendas de la realidad que nos inunda? Desde colegios y parvularios. ¡Ya!