MARINERO DE RÍO
Amor (y desamor) rural
Existe un tren en Japón que acude, todas las mañanas, a recoger al único usuario de una estación ubicada entre montañas frecuentemente nevadas y pobladas de coníferas: es una joven estudiante de secundaria con su anorak y su mochila. Muy lejos de allí, en otro país de compleja y acuosa orografía, Finlandia, el Estado subvenciona el asentamiento, cada cierto número de kilómetros, de una familia o grupo de familias. Su objetivo declarado, mantener un mínimo de población aun en las más apartadas regiones. Y que el turista, el viajante y el transportista no se sientan del todo desamparados dado que la vivienda ha de elevarse, por ley, al lado de una carretera. Son políticas manifiestas e irrenunciables. En el primer caso, porque para el gobierno nipón «la educación es lo primero» y en el segundo, por amor al territorio, por pura necesidad de que éste mantenga pulso y civilización... y por mero «sentido del deber».
Tiembla uno al hacer comparación con estos andurriales. Rara vez el amor, el deber o la justicia ante nuestros desarbolados campos. Más bien todo lo contrario. En tu casa del pueblo no puedes hacer nada de lo que antes era gesto cotidiano (cortar un árbol, hacer una zanja, matar un cordero) sin pedir permiso preceptivo a la municipalidad, realizar viajes sucesivos o cumplimentar infinitos papeles a tinta y sangre. Pero, ay si te olvidas, o equivocas, o eludes el deber: el peso de la ley en forma de multa inexorable se desploma sobre el transgresor.
En cambio, el Estado quebranta aquí reiteradamente sus responsabilidades para con la sociedad rural, falta a su palabra y elude todo compromiso sin que nadie pueda, a cambio, imponerle sanción alguna. La obligación de hacer llegar la sanidad y la educación brilla por su ausencia e incluso camina en sentido opuesto —negro rosario de cierres de consultorios y escuelas—, y la necesidad de velar por la salud del monte, recoger animales muertos y ejecutar obras básicas parece en nuestros días cosa de ciencia ficción. ¿Qué buscan? ¿Que marchen todos y dejen el terreno libre a descomunales proyectos de empresas bestiales (macrogranja de vacas en Soria, inmensa mina de uranio en Salamanca)?
Y así, otra vez como en el medievo, la paisanada vuelve a atrincherarse.