Diario de León

MARINERO DE RÍO

Que nos quiten lo bailao

Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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Salir, en aquellos años, tenía algo de adentrarse en tierras inexploradas, paisajes de frontera, horizontes de aventura épica: eran mundos fascinantes como California, peligrosos como Alaska, cargados de tesoros ocultos como el Klondike canadiense. Una especie de fiebre del oro nos invadía cada viernes por la noche, cuando nos bastaba con nuestra mejor camisa —nada que ver con las horas que se pasa en el cuarto de baño la muchachada actual— para tomar las calles con aire lobuno y merodeador, estampa de criaturas gregarias, animosas por instinto. Nuestros destinos previos eran las riberas del río, cierta plaza arrinconada o algún parque oscuro desde donde comentar las cuitas de la semana. Había reflexiones certeras, brindis a la luna y augurios de fortuna para el resto de la velada. Promesas, vaticinios, carcajadas. Éramos unos justicieros noventeros y lampiños, ataviados de jerséis de pico, armados con ron Velero. Nos dirigíamos después a la calle Lancia convertida en torrente de aguas bravas a base de oleajes de gentío, y entrabas en el Capote, o en el Rodeo, y te daba la sensación de traspasar las puertas de doble hoja de un saloon del viejo oeste: a partir de ahí, todo podía suceder. Lo mismo podías acabar con un sillazo en las costillas que en brazos de la guapa hija del ranchero potentado. Hubo una época en la que no salíamos de aquella avenida. Era, está claro, otro León. Porque si la pujanza de una ciudad se ha de medir (y no es mal rasero) por las calles colmadas de rapacerío repeinado y por los locales en los que atruena «no hay como el calor del amor en un bar», está claro que aquellos, los extraños, los distópicos, los horteras años noventa y principios de los dos mil, fueron grandes momentos para esta urbe. En la Blue, en La Raspa, en el Vaticano, celebrábamos eufóricos lo importante y lo nimio, ensayábamos nuevos ritos tribales, y bailábamos -mucho, muchísimo-, como si al primero que parase le fueran a colgar del cuello hasta morir. Literalmente, no había un mañana.

Gruñíamos al salir, cuando el sol nos golpeaba a traición en los ojos. Y marchábamos a casa como si cada uno de nosotros hubiera encontrado una pepita de oro del tamaño de un huevo de pascua.

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