TRIBUNA
Mujeres y trabajo

M ucho tiempo antes de que la revista Semana se convirtiera en una publicación del corazón (durante los años precedentes al advenimiento de la esperada democracia), su contenido era de información general. Por el impacto que me causó, solamente recuerdo un reportaje iniciado en la portada: un dibujo de calidad, muy abigarrado, mostraba la figura de una mujer empujando un arado sobre la tierra pétrea, a la que se advertía el esfuerzo de una cara tan patética como el titular situado a los pies del grafismo con gran tipografía. Decía: «Así trabajan las mujeres en Rusia». Es conveniente recordar que, durante muchos años, por cuestiones políticas, nos hacían ver que los rusos olían a azufre y eran la representación del mismísimo demonio. Aunque no se había inventado el grafiti, por ciertas calles se leía la inscripción «Muera Rusia». Incluso unos centenares o miles de españoles, románticos unos, aventureros otros, convencidos puros o engañados, llegaron a luchar al lado de la bota alemana para salvar al mundo de las bárbaras huestes de la madre Rusia. Todo lo contrario que prácticamente el resto del mundo, dedicado a terminar con la locura invasiva alemana. Cosas de la historia.
Así que, después de ver la portada de la revista, rápidamente la abrí para ver el contenido anunciado en el titular. Efectivamente explicaba todas las penalidades sufridas por la mujer rusa en lo laboral, sector en el que llegó a arar los campos de la estepa, tal como proponía el grafismo de la portada, seguida por sus hijos-niños harapientos.
Decía antes que me impactó, pero no por la vista de la mujer arando, sino porque las mismas estampas, en directo, se podían observar en cualquier región de España; en esta provincia; aquí al lado. Las mujeres rurales españolas, parían, cuidaban de la prole, preparaban el escaso condumio, daban de comer a los cerdos, cosían, remendaban, lavaban en el río y, por supuesto ¡¡araban!! terruños de secano para poder sembrar cebada y, a su tiempo, recoger unas fanegas de cereal que cargaban en un carro tirado por vacas a las que el marido, previamente, había colocado el yugo. Antes de ir a la cantina o hacer otras labores propias de su sexo.
Existe una leyenda (o verdad) en una comarca leonesa, que contaba el hecho de que el marido de ‘María’, cuando ésta había parido, era aquel quien se metía en la cama un par de días y ella le preparaba caldos con huevos batidos. Para ayudarle a pasar el trance. Alguien muy entrado en años me lo contaba como cierto cuando el arriba firmante era adolescente. Y aún tengo la duda.
Afortunadamente, en bastante medida, ha desaparecido la situación, quizás porque hay provincias en las que ya no se ara. El campo se ha olvidado. Nadie se ha preocupado de cuidar el sector primario. Concretamente en León, donde significaba un importante ámbito de riqueza junto con la minería. Los cantos de sirena de las ciudades y la industria eran muy fuertes.
Sin embargo, los salarios de las mujeres, con demasiada frecuencia, no suelen estar equiparados con los del hombre, aun ejerciendo la misma función laboral. Digo «la misma función laboral», sea manual o intelectual. Y en esas estamos, están, reivindica que reivindica ante quien proceda. El problema es que parece que alguien no quiere que proceda.
Muchos de los que tienen en sus manos la solución del problema, deberían hacer un viaje de estudios (pagados) por la Europa central. También, insisto en «por la Europa Central», no por la nueva Europa de los 28. Muchos países de las más o menos recientes incorporaciones, tienen de europeos lo que el que suscribe de Presidente de la Conferencia Episcopal, principalmente en el tratamiento medieval que se da a las mujeres en materia de trabajo. Y en otras disciplinas.