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antonio manilla
León

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Mientras la ciudad se despersonaliza, perdiendo alguno de sus rasgos más antiguos al pasarlos por las manos del esteticista arquitectónico, que estira aceras como si fueran arrugas y elimina vetustos casones, cual patas de gallo, la cara de la ciudad tampoco es que se mantenga impoluta: la oposición denuncia más o menos periódicamente suciedad en los barrios que no son el centro, o sea, en todo el resto. Sin una huelga de recogida de basuras de por medio, que en esos casos no hay duda, uno se siente poco capaz de valorar asunto con tantos matices, quizá porque ha vivido en pisos de estudiantes cuya cocina estaba mucho menos limpia que las aceras de mi barrio de La Asunción. Además, la resiliencia humana a la mugre es sorprendentemente alta, hasta el punto que hay quienes sostienen que las alergias y otras goteras proceden de un exceso de higiene y uso de productos de lavado. De la ducha diaria como enemiga se escribe poco porque está mal visto, pero en mi pueblo al que va demasiado al médico, para cuya visita es preceptiva, se le tiene más que por enfermo por un coqueto sin cura. De llevar razón los concejales opositores, concluimos, León se parecería a una vieja dama preocupada por problemas que son minucias mientras lleva el vestido sembrado de lamparones.

Una vez recogimos aquí la campaña de concienciación que el señor alcalde, recién aterrizado, emprendió hacia los espacios comunales tatuados de chicles, cuando nos recomendaba mirar hacia el suelo no por considerarnos becerros sino para que entendiéramos lo emporcados que estaban por el mal hábito de ir escupiendo la goma de mascar en cualquier parte. De aquel ejercicio de reflexión fracasado, por parte de la ciudadanía, que sigue teniendo mucho respeto por las papeleras, a Silván le quedó el propósito de enmienda y ahora llegan las máquinas quitachicles, dos aparatos portátiles y autónomos capaces de llegar a los rincones de limpieza más recónditos, por lo que su empleo en los barrios que no son el centro está asegurado. Se trata de unos artefactos que, mediante el uso de gas, productos naturales y una lanza con cepillo, prometen espectáculo: para lustrar la vía pública de emplastos, cuya esperanza de vida no superaría los cinco años, pronto tendremos en el escaparate de la calle a un par de empleados de limpieza en función de cazapegotes, sulfatando el pavimento.

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