CUARTO CRECIENTE
Viento del oeste
Un mar de arena se extiende como un manto a los pies de las montañas de la Sangre de Cristo, en los condados más orientales del Estado de Colorado. Es un capricho del viento, que juega con los sedimentos del Río Grande para crear las dunas más altas de América; colinas cambiantes que alcanzan los doscientos treinta metros de altura.
Están ahí desde hace cuatrocientos cuarenta mil años, ocupan setenta y siete kilómetros cuadrados, y son lo más parecido a un desierto africano en el nuevo continente. Dunas que nacen de los arrastres del río por el valle de San Luis. Arena que empuja el viento del oeste hasta la cordillera, donde choca con las corrientes de las montañas y fluye de nuevo hacia la falda de la sierra hasta formar el enorme campo de dunas.
Pequeños arroyos erosionan sus bordes y se llevan la arena corriente abajo. Cuando el agua se filtra, las partículas quedan otra vez a merced del aire. Y el aire, claro, las empuja de nuevo contra las montañas. Por eso las Grandes Dunas de Arena de Colorado, hoy convertidas en uno de los parques naturales más extraños de los Estados Unidos, no se han movido de allí en medio millón de años.
Al acabar el verano, el viento que sopla desde el suroeste se da la vuelta y es el momento en que las dunas son más altas. Pero lo más insólito sucede en el arroyo Médano, al este del parque. El agua nunca encuentra allí un cauce estable porque la arena no le deja y las ondulaciones se forman bajo la corriente, aparecen y desaparecen como si fueran olas.
Todas esas olas de arena me recuerdan —disculpen si les parece muy forzada la metáfora— a los movimientos de izquierda en este país. Atrapados por el viento y sin moverse del mismo lugar. Encaramados en lo alto de una montaña que se hace y se deshace. Incapaces de ponerse de acuerdo aunque coincidan en el diagnóstico; al capitalismo hay que regularlo para que no nos devore y a los corruptos hay que desalojarlos de las instituciones porque las envenenan.
Leo que los visitantes del parque de las Grandes Dunas de Colorado levantan castillos de arena junto al arroyo. Y me imagino a Pablo Iglesias y a Pedro Sánchez, jugando con el cubo y las paletas, antes de que el viento que mueve los hilos del sistema nos dé la vuelta de nuevo.