Diario de León

FUEGO AMIGO

La estación de los bañistas

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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La Losilla asoma a la vega de Boñar desde el resguardo de La Rasa, uno de los montículos que apresan el valle del río Colle antes de entregar sus aguas al Porma. Al otro lado apunta la Cotica y sus apreturas disuadieron al ferrocarril de encaminarse por el valle de Sabero hacia el Esla. Sus proyectistas prefirieron la comodidad de las Arrimadas y La Ercina. La Losilla tiene apeadero y un recodo de vega cuya toponimia recuerda al primitivo convento mozárabe fundado en el siglo diez. Remontando el valle setecientos metros, el rey Fruela, codicioso de las aguas caldeadas de una fuente termal, dispuso la construcción de otro cenobio, dedicado al Salvador. Una lápida transcrita por Gómez Moreno advertía que quien llegara a aquel recinto triste como un reo, iba a salir alegre.

Varias lápidas mozárabes y aun visigodas de este vallecico andan por museos o se esfumaron en el mercado de la trampa. No obstante, la iglesia de San Adrián todavía muestra empotrados en sus muros sillares con inscripciones fundacionales y adornos circulares. Resulta muy llamativa una lápida del muro norte, limpia de musgos y protegida de las escorreduras. Las reliquias de los mártires Adriano y Natalia viajaron a la capital para recalar en el convento de las Carbajalas que asoma a la plaza del Grano.

A los pies del templo se encuentran la huerta y los pabellones del antiguo balneario, que por diversos problemas, después de ser declarado de utilidad pública y contar con autorización para embotellar sus aguas, no consiguió incorporarse al movimiento de revitalización termal. Una auténtica lástima, porque San Adrián suma a la eficacia de sus tratamientos la belleza de un entorno singular. La tradición saludable del ‘balneare’ romano que dio nombre a Boñar ha quedado reducida a la memoria de unas caldas doblemente abandonadas. Tanto las de San Adrián como las que brotan en la salida de Boñar hacia el embalse.

Ya durante la Edad Media, doña Urraca tentó a los monjes benedictinos de Eslonza con la seducción de sus aguas, que son benéficas para reumatismos, indigestiones y dificultades respiratorias. Pero los monjes supieron ser indolentes con aquel prodigio y lo dejaron malograrse, de manera que la gente del entorno seguía acudiendo a bañarse en pozas cavadas en la huerta. A lo largo del diecinueve, el balneario desamortizado vivió una etapa de concurrencia comarcal, aunque su prosperidad le llegaría con el paso del ferrocarril de vía estrecha. Durante el pasado siglo, la clientela ocupaba las dos plantas del balneario y las casas y fondas de los pueblos colindantes. La ampliación de los años cuarenta reforzó su aspecto hotelero para el disfrute de los tres manantiales que brotan a más de treinta grados de temperatura.

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