Diario de León

TRIBUNA

La grandeza del artista aficionado

Publicado por
néstor hernández alonso escritor
León

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E stamos en pleno verano, periodo de descanso para la mayoría y tiempo de acumulación de festejos de todo tipo, porque los que por onomástica habrían de celebrarse en otras fechas han sido trasladados al estío por razones de asistencia sobre todo (regresan los nacidos en el lugar, pero que emigraron a otras tierras en búsqueda del pan obligado) o simplemente comerciales, que a todo es necesario atender.

Durante estos meses hallamos acontecimientos culturales –musicales, poéticos, teatrales— en muchos lugares, ciudades y pueblos, si cuentan con el tesoro de un concejal amante de los mismos, lo cual no resulta fácil. En muchos casos se gastan lo que no tienen contratando famosos artistas, que cobran cuantiosas sumas de dinero, que incluso se expresan en inglés o envuelven su espectáculo entre luces, humo, ruidos ambientales extraños, etc. a?nte la mirada sorprendida de los espectadores, quienes solo miran, ni bailan ni cantan.

Este artículo no pretende criticar al artista profesional, merecedor de su soldada como exige su fama y sus éxitos, sino que busca sacar a la luz la labor callada de otros artistas, humildes, no profesionales, pero que también realizan bien su trabajo, según acostumbran a reconocer los asistentes a sus actuaciones. He seguido de cerca a alguno de estos artistas gratuitos: el Grupo Bóreas, nacido en la Escuela de Música de León bajo la dirección de Eva del Río, formado por un grupo de hombres y mujeres de todas las edades, especialistas en recordar canciones de siempre, muy gratas de recordar y de tatarear; la agrupación Amigos de la Música, igualmente constituido por hombres y mujeres amantes de la música tradicional, profana y religiosa, seleccionada por Pedro Caballero; y el artista acomodaticio, buen compositor, simpático por arrobas, Josechu Alonso Encina, gran divulgador de los sonidos de la dulzaina por toda la Comunidad. Este conocimiento me permite conocer y valorar su gran trabajo, que casi siempre llega donde los demás no quieren llegar. Enumeraré algunas de sus características.

Llegan, ensayan durante unos minutos y actúan ante un público escaso o numeroso, pero entusiasta y entregado. Al concluir la actuación, marchan con la gratitud envolviendo sus ojos, la mejor recompensa que estos artistas reciben. Detrás han quedado grupos de hombres y mujeres que por un momento han olvidado la monotonía de sus vidas y han subido a otro carro, distinto, inesperado.

Les he preguntado ¿pero tendréis gastos? Deberías cobrar algo, al menos para ocultar las reprimendas familiares. En efecto, necesitamos horas para ensayar, partituras, gasolina para acudir a cada convocatoria; sin embargo, para nosotros todo eso carece de valor si lo comparamos con el «gracias» de agradecimiento, con los aplausos sentidos, con el pincho de chorizo o vaso de vino ofrecido en el bar o en la casa de la cultura correspondiente. No lo olvides nunca: para un artista aficionado, el reconocimiento no se paga con dinero, sino con gratitud, la cual tapará el resto de problemas, que, indudablemente, tenemos.

Gracias a estos artistas, se mantienen muchas tradiciones, costumbres, dichos, leyendas, casi todos amenazados por el vendaval del olvido. Procesiones, cantos de boda, funerales… se apoyan exclusivamente en estos hombres y mujeres animosos, dispuestos a mantener la historia y servir al pueblo en sus manifestaciones más auténticas.

Me gustaría que lo comprobarais en Calzada del Coto, la Noche de los Negrillos. Allí os encontraréis un grupo de músicos y cantantes dejándose el alma en cada canción y a todo un pueblo moviéndose a su ritmo en total simbiosis: música, letras y tradiciones definiendo la esencia duradera de la comunidad, eso que tenemos la obligación de conservar. Seguramente encontréis deficiencias, pocos medios, luces y sonido huidizos. No importa, porque lo trascendente es otra cosa y eso lo poseen en demasía los artistas aficionados, de ahí su grandeza, el respeto y admiración que nos merecen.

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