cuerpo a tierra
El tiempo de las ciudades
Ah la velocidad: la cara esparciéndose por todos los perfiles de un atleta, el trueno del tubo de escape de una moto, el olor a quemado de un mazapán en el horno. Hay signos de la velocidad desperdigados por todas partes, hasta donde no debería haberlos, incluso en los remansos de los que la vida sale acelerada como una hoja flotando sobre la lumbre del agua.
En épocas no tan lejanas, el tiempo estaba hecho a semejanza de los hombres y sus labores, lo marcaban el sol y la luna, era un tiempo cíclico donde el apuro era relativo pues todo volvía y daba la oportunidad de resarcirse. Ahora tenemos la cabeza en otro sitio, nos acosan los horarios, los compromisos, tenemos la sensación permanente de estar habitando continuamente nuestro propio pasado. Vivimos en sinestesia y llevamos la inercia del tiempo colgada de la muñeca, tal vez en el apuro de una llamada al móvil que nos acompaña a todas partes, esclavos de la prisa, del no llegar, del irnos demasiado pronto. Y la cosa es que no sabemos ni siquiera lo que sea el tiempo. No hay materia más ardua. Ni los físicos se ponen de acuerdo y ya San Agustín dejó sentados en las «Confesiones» los límites del problema: «si nadie me lo pregunta, sé qué es; si trato de explicarlo, no lo sé».
El tiempo de las ciudades tiene al menos dos caras. Una es la ficción de tiempo detenido, que tratara por extenso el poeta italiano Attilio Bertolucci: la construcción de un escenario urbano donde se limaban las diferencias entre el día y la noche, las estaciones, el propio envejecimiento de los materiales. Un decorado. La otra sería el tiempo del trabajo, ese movimiento perpetuo en el que estamos inmersos y en el que nada puede detenerse, donde no hay reposo porque hasta el ocio tiene horario. Entre el estrés y la ficción de permanencia urbana, en ese engranaje sin más posibilidad de redención que las escapadas y los paraísos artificiales que cada uno se construye: desde los mundos paralelos de la literatura o el cine a las inmersiones en la épica de los deportes.
Humanizar la vida es urgente. Dotarnos de espacios y lanzaderas, por supuesto no virtuales, de lentitud, donde no todo esté al servicio del beneficio o la plusvalía. Tenemos ciudades a la medida del hombre, pero empiezan a ser escasos los oasis.