La panacea del federalismo
L a insistencia, justificada, del PSOE en postular una solución federal para España pretende, evidentemente, aportar una salida al conflicto catalán, suscitado por la ya larga historia de desencuentros institucionales que han exacerbado los ánimos de un sector ideológico que ha cristalizado en una pulsión independentista, que, si hay que juzgarla por los resultados electorales obtenidos y por las previsiones de las encuestas, no es mayoritaria (lo que pone seriamente en cuestión su porvernir) pero sí muy potente.
En síntesis, la secuencia es esta: tras las elecciones catalanas de 2003, celebradas en un ambiente muy anticentralista, exacerbado por el talante agresivo de Aznar en su segunda legislatura, el gobierno tripartito presidido por Maragall, en que participaban el PSC, ERC y CV-EUiA, acometió una reforma del Estatuto de Autonomía, que, tras una laboriosa negociación en que participó el nacionalismo -fue decisiva una memorable entrevista entre Zapatero y Mas para el acuerdo final-, fue aprobada por los parlamentos catalán y español, y, tras obtener la adhesión poco calurosa de los catalanes en referéndum (la participación no llegó al 49%), fructificó en el Estatuto de julio de 2006. El Partido Popular, que no había sido invitado a participar en la negociación (lo cual fue un error, por más que tras la etapa de Aznar hubiera sido muy difícil cualquier trato de la mayoría social catalana con la formación conservadora), presentó un recurso de inconstitucionalidad, que acabó prosperando parcialmente en 2010, lo que provocó una mutilación muy sensible del estatuto. Así las cosas, es preciso plantearse si el independentismo, que es fruto de una decantación política e intelectual, cambiará de opinión si se le ofrece un régimen federal, en cualquiera de sus versiones. En realidad, de lo que se trata en Cataluña no es tanto de persuadir a los soberanistas de la posibilidad de que se sientan cómodos en un sistema federal (la incomodidad ya no es un estado político sino sentimental), sino de satisfacer las aspiraciones legítimas del grueso de la sociedad catalana que, sin ser soberanista, se encuentra seriamente irritada por la postergación que Cataluña ha padecido por parte del Estado (muchos pensamos que este sentimiento parte en gran medida de argumentos erróneos, implementados demagógicamente por el soberanismo, pero esta es otra cuestión) En este sentido, el ‘salto federal’, un concepto desarrollado (entre otros, por Jordi Sevilla) para designar el tránsito entre el sistema constitucional español y un régimen federal basado en él, tras los pertinentes desarrollos y reformas para corregir las disfunciones del modelo vigente, sería al mismo tiempo un instrumento perfectamente válido para colmar las aspiraciones de una mayoría disconforme con la ineficiencia del sistema actual y un elemento de apaciguamiento para calmar los ánimos de los soberanistas.