Consejos de verano
A llí donde vayas, dibuja un mapa en el que pongas las cosas que solo te importan a ti: puede ser el recodo de un río, las barcas recién calafateadas en un arenal, una tasca donde te sirven unas sardinas fragantes y churruscadas. Sea como sea ese lugar, no lleves demasiado equipaje. Basta con un buen libro, unos zapatos cómodos y, como mucho, esas mudas amorosas que recomendaban antaño las madres. Atraviesa bosques, junglas, deja la huella de tu espalda sobre piedras blancas y no ignores la notoriedad de los templos. Pero no te arrodilles en sus losas antiguas y heladas: es posible que contraigas un resfriado. Cuando tengas oportunidad, maravíllate, enternécete, salta y báñate en pelotas. El nudismo es tan viejo como el hombre y hay quien sospecha que lo inventó un gallego: según reza la leyenda, Manuel Fraga, a instancias de Pío Cabanillas, se metió desnudo en el mar una tarde de junio especialmente húmeda y ardiente; con tan mala fortuna que fue a detenerse en la playa un autobús lleno de niñas de un colegio de monjas. «¡Los huevos no, Manuel, tápate la cara, la cara!», le gritaba Pío a un Fraga que corría desesperado en busca de sus pantalones. No dejes de reírte en las veladas fraternas, pero evita parecerte a esas señoras que, al borde del paseo marítimo, sueltan carcajadas que imitan a los relinchos. Asómbrate por esos detalles que, en verano, vibran y se multiplican: la danza de los insectos, la suavidad de los guijarros, el júbilo de los niños en la orilla. El verano, por encima de todo, es la estación de la infancia, y a ella habremos de regresar cuando nuestros sentidos, embriagados por el viento o la luz, se aferren a la memoria. Nadie se merece un verano donde solo triunfen el ruido o la vulgaridad y donde no quede espacio para la belleza del silencio. A veces, en los viajes, es necesario estar unos días solo. No lo asocies a la tristeza, si no al descubrimiento: te reconfortará ver lo poco que necesitas para ser feliz y disfrutar con cosas sencillas. En los pueblos más remotos hay siempre alguien que cultiva una cordialidad gentil y espontánea, y cuando tus manos estrechen las suyas, comprenderás que mereció la pena llegar hasta allí. No renuncies al hedonismo, la pereza y el placer, y tómate tu tiempo para regresar. Cuando hayan pasado los meses, en lo peor del invierno, te sorprenderás sonriendo sin motivo. Si has tenido el buen gusto de no abrasar a los demás con el relato de tu viaje, sentirás que ese recuerdo nació exclusivamente para ti. Y se mezclará con otros inolvidables: el calor de los establos, el olor de la hierba recién segada, el fulgor del mar, tu cara reflejada en los ojos de la chica a la que besaste por primera vez.