Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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P onferrada se parece cada vez más a la ciudad que era hace 45 años. A la urbe zarrapastrosa de los últimos tiempos del franquismo, la que ya empezaba a intuir su primera decadencia tras un largo medio siglo de trenes y mineros, de electricidad y metalurgia, de inmigración andaluza y gallega, de almacenes y talleres, de comercio y optimismo. Tanto tiempo después, Ponferrada lleva ya casi una década de decepción y declive. Reforzada por la inestabilidad política municipal y por la notoria mediocridad de sus equipos de gobierno. Que no solo tiene la culpa de todo la consabida crisis, con su estela de resignación y melancolía.

Uno recorre calles y plazas y todo lo que ve es de hace años, y en condiciones, casi siempre, peores. Abandono, pasotismo y algunas grúas engañosas que aparecen como en un decorado. Ante esta moribundia hay quien argumenta, no sin razón, que el dinero se acabó, que los fastos de antaño hipotecaron la hacienda municipal, y que la crisis redujo los ingresos públicos. Y aún siendo eso verdad, aquí parece que es más verdad que en otros lugares. Porque algo ya se mueve en muchas ciudades y regiones españolas, algo está cambiando. Aunque sea muy poco a poco, pero claramente para mejor. Frente a ello, en Ponferrada la sensación que predomina es la del decepcionante retorno. A la urbe desfondada de los años setenta. Eso sí, la ciudad de ahora es infinitamente más armoniosa, con muchos parques, jardines y servicios, con el casco viejo recuperado con brillantez, con notables reformas urbanísticas y con su pretenciosa Rosaleda.

La crisis es muy honda. Y a ella, y como síntomas colaterales, se añaden la cada vez más precaria existencia de las instalaciones de la Universidad de León en el barrio del Plantío, la imposibilidad del Consejo del Bierzo para constituirse como una verdadera instancia de gestión unitaria y de progreso real, la decadencia indisimulable del Museo Nacional de la Energía, y otros avatares que tienen como denominador común el estupor ante la derrota inesperada.

¿Qué se puede hacer? Pues lo que hace cada uno, en su pequeña esfera: lo que puede. Los empresarios que tratan de mejorar sus ofertas, los que sencillamente sobreviven, los que sueñan o fracasan. Las personas que se buscan la vida en la hermosa comarca, el mérito de quienes se esfuerzan, desde su pequeña parcela, por lograr una Ponferrada más amable, moderna y transversal y, a la vez, más respetuosa con su historia.

Pero todo eso es insuficiente en tiempos de crisis si los regidores municipales carecen de ideas y de capacidad para ilusionar a sus vecinos, aunque sea poco. Muy probablemente nunca hubo, en democracia, una Ponferrada más mortecina y varada, más nula. Ni siquiera hay discurso, aunque sea discurso sin dinero pero con emoción y alegría. Ni siquiera eso. Solo la nada y la desidia. Y el fantasma del pasado.

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