TRIBUNA
¡Bienvenido, míster Marshall!
A punto de cumplirse 70 años del frustrado, para España, Plan Marshall, los españoles nada tenemos que agradecer a los americanos de aquel diluvio de trece mil millones de dólares —de aquélla—, que inundó dieciocho países de la Europa Occidental, excluyendo al nuestro. La cosecha no tardó en sentirse: para Europa y también para Norteamérica que, de acuerdo a su mentalidad protestante, nunca siembra sin esperar cosecha; no quiere regalar, porque sabe que quien regala pierde regalo y amigo. Vestían entonces nuestros mayores de pana y boina, saya y pañolón. Íbamos nosotros a la escuela con bombachos o petos de tirantes y alpargatas, vestidos largos, zapatillas y tirabuzones. Generosos maestros, paliaban la gazuza equilibrando nuestra dieta con una leche en polvo y un queso amarillo que al tío Sam se le estaba cayendo de unos sacos arrinconados en la trastienda de la gran bodega. El Plan Marshall fue, para muchos críticos, una muestra del imperialismo económico estadounidense para tomar control de la Europa Occidental, a semejanza de Rusia que ya se había anexionado la otra.
Para los que hoy ya tenemos nuestros años —que no son pocos, pero bien aprovechados—, la película Bienvenido Míster Marshall irá siempre asociada a la inolvidable figura de Pepe Isbert, Manolo Morán, Lolita Sevilla. ¡Qué grandes todos ellos, que a las órdenes del maestro Berlanga, nos secaron mocos y lágrimas, y entre suspiros nos trajeron música, sonrisas y alguna que otra carcajada! Es el humor español que desde hace muchos siglos ha aprendido a reírse hasta de su propia, buena y mala, sombra. Y cuando la vida no estaba para muchas carcajadas, nosotros sin conocer todavía a Aristóteles, ya sabíamos que la risibilidad era una facultad propia y exclusiva de los humanos, y contra viento y marea, en medio de la tempestad seguimos sonriendo… hasta hoy.
Aprovechando una fin de semana veraniego, mi familia y yo sentimos la tentación de acercarme hasta el Sitio Histórico Nacional de Harry S. Truman, en Independence, Missouri, que incluye su Biblioteca y su Mueso Presidencial. Y a cuento viene todo esto, porque el tal míster Truman, un protestante del Sur, de ocupación granjero y político, llegó a ser presidente de este gran país por espacio de dos mandatos en tiempos de guerras y de grandes decisiones: acertadas unas y desacertadas e impopulares otras. Lo importante del sitio es que, aparte de contener la historia de cincuenta años de este país, su construcción fue dirigida por el propio presidente que quiso descansar en el jardín, junto a su esposa, en una tumba sencilla, que no levanta un palmo de la tierra, con una lápida tan simple que apenas si leer su nombre permite.
En la misma exposición, se pueden apreciar varios retratos del brillante general y Secretario de Estado que fue, George Marshall, así como escuchar sus discursos apoyando ante el Congreso —y ante un presidente renuente al principio, sobre todo con Alemania—, un plan económico para la reconstrucción de Europa, el European Recovery Program (ERP), más conocido como el Plan Marshall que durante cuatro años llevó una ayuda, hoy muy cuestionada, al roto y viejo continente.
Tras una larga visita al museo, uno sale con el convencimiento de que nada aquí es ‘faraónico’, que el mundo ha sido dirigido por hombres con sus grandes aciertos y sus grandes errores. Todo ello nada nuevo, pero siempre digno de recuerdo. La memoria de un demócrata habla de sus glorias y jamás olvida sus miserias. Nunca va a encerrarse en la petulancia, el poder o el orgullo para dejar memoria de su pasado. Personalmente me impresionó la abundante memoria histórica y a la vez la sencillez de aquel lugar. La figura de un granjero al que varias fotos muestran arando su tierra siguiendo a un par de mulas o manejando un viejo tractor —cuando era un don nadie—, o trabajando con los obreros en la construcción de su propia casa, cuando ya había dejado de serlo Todo. Pensé, tras leer algunos informes de cómo algunos países gastaron el dinero del Plan Marshall, que mejor nuestro Caudillo no hubiera recibido nada, mal rayo no fuera a invertirlo en sueños de reconquistas de tierras perdidas como consta que hicieron los Países Bajos pensando de nuevo en clavar sus garras en la lejana y rica Indonesia.
Un granjero, un comerciante fracasado, un hombre cercano y sencillo, aun en los momentos más difíciles para este país puede llegar a ser su Presidente, capaz de destituir a un laureado general como MacArthur, ordenar el —para muchos equivocado— lanzamiento de dos bombas atómicas para detener una guerra, o juzgar acertada una intervención armada en Corea. Ya retirado, el señor de la guerra no tuvo empacho ni miedo en pedir un préstamo personal a un banco de Missouri (¡con vuelta, claro está!), ni a costear sus propias memorias, que un generoso público de la época compró y aplaudió.
Escribiendo estos pensamientos estaba, cuando el mundo entero se enteró del diluvio de agua que el dios Harvey dejaba caer sobre Tejas y Luisiana, dos grandes estados de profundas raíces españolas. Tejas, mayor en extensión que toda la Península Ibérica, con varios millones de emigrantes mexicanos, está siendo visitada ahora por el súper-ocupado señor Presidente y su tímida esposa, vestida a la usanza de la tierra, consolando de palabra a la gente (aunque decenas de miles de indocumentados atemorizados ni a salir de sus casas inundadas se atrevan), y maldiciendo el cambio climático que ha dejado una deuda para el estado de billones de dólares, tan solo para ‘aliviar el desastre’. ¡Señor Presidente, bien seguro que los millones de pobres afectados de estos estados necesitan —más que un paredón—, otra lluvia de billones, y sobre todo un cambio radical en su mentalidad, para que este martes, seis de septiembre, ellos puedan celebrar que la Ley Daca sigue en vigor, los valora y los toma muy cuenta!
Lo que este pueblo no perdona a sus Presidentes es que atenten contra la patente de una libertad abanderada por más de doscientos años de historia. Los emigrantes trabajadores y soñadores (los dreamers) no debieran votar en el futuro a candidatos altaneros, petulantes, orgullosos, que huelan a caudillos trasnochados por muy forrados de plata y oro que vengan, si no promueven leyes humanitarias que los incluyan plenamente en la marcha acelerada de este país, gigante poderoso, pero vulnerable.