Un viaje telúrico
H ace días hice un viaje diferente. Y lo hice por el centro más remoto de la provincia. Por un centro geográfico que es periferia. Llegué a Torre del Bierzo y luego me adentré por el valle del río Tremor, donde tantos escenarios, bellezas y ruinas evocan sus tiempos de fragor minero, de fondas y bares atestados, de un pretérito duro y laborioso. Con la verde naturaleza del Bierzo alto en cada mirada. Después me despedí de la comarca en Espina de Tremor y me adentré por una carretera poco transitada en su tramo inicial. En esa zona, en sus primeros kilómetros sobre todo, el viajero a ratos piensa que no recorre el centro de la provincia de León sino, acaso, algún lugar inconcreto de Georgia. O de Armenia. Con encanto y con frío. Un frío raro que se mete en el alma, y eso que no había razón para ello. Pero esas cosas pasan cuando se viaja. También cuando se viaja por la provincia de uno, lo que no deja de ser sorprendente. Porque el frío entonces, la extrañeza, procede de otro foco.
Llegué a una aldea escondida entre los árboles. Era seductora, parecía deshabitada. O habitada solo en los fines de semana, algo así. No diré su nombre. Pero sí que cuando accedía al caserío, un hombre joven, un pastor que avanzaba solitario y adusto con un jersey negro, desconfiado y fornido entre los árboles y las casas vacías, se dio la vuelta. Probablemente se dirigía a un corral destartalado que había a la entrada. Un corral con ovejas y cabras, tutelado por dos perros temibles.
El hombre del pueblo quería vigilarme. Yo avancé un centenar de metros entre las casas cerradas, algunas rodeadas de maleza. No vi a nadie, pero sí a unas cuantas ovejas y cabras, algunas atadas entre sí con cuerdas, que deambulaban entre la calle y los prados. Tuve la sensación de estar en medio de una película inquietante. Tal vez por eso decidí no bajarme del coche. Al poco di la vuelta y me crucé de nuevo con el hombre misterioso, joven y fuerte, que me estaba esperando al borde del asfalto, ya semicubierto por la floresta. Iba a saludarle, pero me miró con más hostilidad que prevención. Luego pareció quedar tranquilo: el forastero sospechoso abandonaba la aldea de nombre corto y rotundo, también raro. Salí a la carretera entre contento y a la vez algo arrepentido. Porque me hubiera gustado hablar con ese hombre, no sé. Y preferí marcharme. Cerrar así un extraño capítulo de un viaje breve por la vasta provincia. León tiene muchos lugares así. Casi vacíos, enclavados en zonas que no son paso a ningún lugar. Pueblos a los que no va casi nadie y donde el que se aventura es contemplado con un desasosiego antiguo, impenetrable y severo.
Cuando llegué a León sentí que estaba en Nueva York. Pero me quedé prendado de ese mundo rural semiperdido, de esa vida solitaria y distinta, como del Lejano Oeste. Poblado por personas que parecen vivir fuera del tiempo.