Diario de León

TRIBUNA

Vivan los pueblos vivos (Catalunya vs. León)

Publicado por
Carlos Santos de la Mota Autor del libro ‘León, historia y herencia’
León

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Dejando al margen la consideración de la dimensión territorial que cada uno tenga de lo que es la región leonesa —tema de discrepancias que sin embargo no desvirtúa ni mucho menos anula su existencia—, al margen de esa consideración, decía, en estos días de turbulencias políticas que a algunos tanto desasosiega y que tienen lugar como sabemos en un rincón nada despreciable del Estado español (Producto Interior Bruto y etc. y etc., además de una mentalidad perfecta y beneficiosamente importable), uno no puede por menos de “rebobinar” y recordar acontecimientos de aspiraciones territoriales leonesas nomás que autonómicas que aquí se apagaron con iguales métodos de miedo porque a lo de ser reprimidos no fuimos capaces de llegar. Antes se nos cayeron las fuerzas y las convicciones. A otros ni siquiera eso. A pesar de todo nos prometieron referéndum y sin embargo nos consumaron el abuso de su acostumbrada prepotencia. Por supuesto establecer una analogía entre las limosnas-derechos que se pedían aquí y el llamado procés catalán no nos serviría porque consecuencias y dimensiones entre ambas situaciones nada tienen que ver, o sí, si de ello hacemos espejo de comparación entre lo que es materia viva y materia muerta, es decir, sociedades vivas y sociedades... que se dejan llevar y llamar y hacer y traer.

El ejemplo de dignidad catalán ya ni siquiera es ley, sí o no, es voluntad popular muy evidente y prolongada y eso es mucho más que ley. La ley para ser ley, ser legítima y ser respetada ha de estar adaptada a la sociedad, y no a la inversa. Máxime cuando en la contestación a la ley hay parámetros porcentuales y movilizaciones masivas y sostenidas que la discuten mayoritariamente. ¿Por qué la discuten? es cuestión sin duda que tiene sus explicaciones objetivas pero que en todo caso no se resuelve con la aplicación de la ley sensu strictu, sino con su modificación-adaptación. Obviar esto y proponer a rajatabla únicamente el “imperio de la ley” a palo seco, aunque con los eufemismos de “proporcionalidad”, “parcialidad” y otros, no es justicia, sino injusticia ya que se impone sobre una mayoría de la sociedad que ya la rechaza. En ese momento ya no es ley como norma general, no puede ni está llamada a conducir orden ni dictamen asumible, no imparte justicia por el mismo principio de injusto reparto entre lo que aplica y cómo y en cuánto es recibida su aplicación. Y las leyes injustas, al menos las no recepcionadas ya como propias ni queridas por distintas derivadas, no obligan a su cumplimiento. Son principios democráticos por supuesto para tiempos democráticos. Ya sé que para los carpetovetónicos (hay muchos, incluso disfrazados de demócratas) eso de los encuadres, de los artículos y de las reglas es la máxima del orden, su orden, pero al mismo tiempo es la vieja atadura que se ha quedado pequeña e incluso desfasada ante el desarrollo del sujeto social bajo esa trabazón. Y como en este país de reglas tan estrictas y de mentes tan cerradas (interior y litoral, ¡qué dos ventanas tan distintas!) nadie o casi nadie repara en que la vida es vida y evoluciona precisamente por estar viva y se mueve a pesar de que lo quieran negar algunos con sus posturas de más o menos “quieto todo el mundo”, pues inevitablemente hay amarras que empiezan y acaban rompiéndose sobrepasando lo que el gobernante, cegado por el orden, la ley y tantas otras cuadrículas, no ha sabido ver ni entender. Y no sólo eso, porque otra cosa más grave aún es que además se apueste por el tancredismo (inmovilismo), y antes incluso por la provocación y por los recursos y, en fin, por el ejercicio de la piromanía social.

Jugando con fuego, ya se sabe; hay leños verdes o tiernos o no demasiado hechos, quizá también demasiado consumidos, a los que les cuesta arder (León), pero otros no necesitan más que una sola chispa para iniciar su incendio, aunque han preferido soportar más (Catalunya), porque han llegado a su maduración y hartazgo aunque la chispa o el chispero lo ignoren o lo quieran seguir ignorando.

En la territorialidad leonesa el “ejercicio democrático” de la transición política hacia la creación de los territorios autonómicos se practicó de manera muy semejante a métodos manu militari. León es un pueblo de callados y de mansos y de indolentes a pesar de sus múltiples úlceras. Esa misma territorialidad aún hoy no ha accedido al peldaño autonómico que por la regionalidad propia se le suponía. A lo que accedió, a lo que le designaron y consintieron acceder, sí, fue a un emplasto de nueve provincias sin mucha empatía (dos regiones, y no completas) con el recado más o menos secreto de ser los “garantes” de algo que con los años se ha demostrado falacia y que alguno llamó “razones de Estado”, es decir, un argumento pretendidamente potente pero orgánicamente fantasma, detrás del que pudiera esconderse su felonía. Mentiría, sin embargo, si dijese que aquella clara injusticia no tuvo respuesta por unos pocos en una y en más de muchas más ocasiones. Mentiría, a su vez, si afirmara que igual deslealtad del mismísimo Estado hacia el León territorial no estuvo respondida por la antipatía general de la sociedad leonesa de a pie (la uniprovincial), otra cosa fue la mayor parte de los “representantes”. Y mentiría si a pesar de esa traición las distintas Corporaciones municipales y entes y diversas asociaciones consultadas por la Diputación provincial (¿fue una “imprudente” bisoñez democrática?) no se hubieran manifestado mayoritariamente a favor de la autonomía leonesa separadamente de la castellana. Pero luego vinieron esas “razones...” y nos ahogamos en la España de los socorros y de las salvaciones en la que tanto caemos equivocadamente y en la que siempre nos hemos asfixiado únicamente en perjuicio de nosotros mismos. Unos años de una cierta ebullición, poca, aislada y muy puntual, porque esto va en proporción a lo que somos y representamos, y después todo ha sido bastante humo, doma general y conformidad aceptada. Es terrible que se nos pueda decir más o menos aquello de que “no está hecha la miel para la boca del asno”. En León ni siquiera ha amanecido la democracia del derecho autonómico territorial, y así vamos y así estamos con la trágala por compañía y el silencio por compañero. León no tiene recorrido reivindicativo que lo mantenga para sí mismo y por eso sólo responde puntual, esporádica y sin sostenimiento a las inyecciones letales de los contubernios que atentan y afrentan contra su propia tierra, el progreso de los suyos y su destino como pueblo antes de caer en la desfiguración.

¡Ah!, pero así como hemos visto el ejemplo ya sabido de que el Estado es fuerte con los débiles, así también hemos de ver el ejemplo de la excepción y de la dignidad de aquellos que se sobreponen a los miedos y se enfrentan desde su presunta debilidad al Estado fuerte. Catalunya es sin duda uno de esos escasos y maravillosos ejemplos de pueblo de los que no es fácil encontrar copia no ya dentro del propio Estado español, ni siquiera del mundo. Las hermosas, contundentes, festivas, masivas y pacíficas reivindicaciones que durante años hemos visto en sus anchas calles y a lo largo de su litoral no están al alcance de todo el mundo, no están siquiera al alcance de Estados propiamente oficiales y consolidados. La precisión de su animada compenetración, la empatía y complicidad bien argamasada de su sociedad variopinta en razas y generaciones y el compromiso espontáneo pero firme de su ligazón social en pos de una afirmación identitaria y de derechos aprobados por su pueblo que fueron “cepillados” posteriormente por el Estado, nos ha descubierto aún más a un pueblo al que no se le puede discutir una admirable dignidad que se sostiene sobre tres dañados pilares concurrentes y necesarios: desafección, gobernados y gobernantes. Catalunya es una nación y todos lo sabemos aunque pocos fuera de ella sean capaces de reconocerlo. Decir que es una “autonomía” es reproducir un balido: la consigna oficial estatal.

Ese ejemplo de ingentes manifestaciones casi emocionalmente inenarrables sólo puede ser admirado como hito de una proclama universal inapelable, poderosamente cautivadora, y, aprovechando que el Bernesga pasa por León, ser intentada entender especialmente desde aquellos lugares (territorialidad leonesa) donde persiguiendo muchas menos aspiraciones, sin embargo el portazo fue comparativamente mucho más fuerte. León no se merecía ese ninguneo ni muchas sonrisas burlonas ni muchos insultos desvariados sólo porque algunos pidieran una limosna autonómica para una región histórica.

Al recordar nuestro caso uno no puede por menos de alabar el coraje y la determinación muy masiva y muy ejemplar de un pueblo que, con sus gobernantes a la cabeza, se resiste a aceptar las reprobaciones de leyes, las bochornosas recogidas de firmas (PP) contra su estatuto, los recortes al mismo, los recursos ante tribunales politizados o las “policías políticas”. Y ante eso, y ante mucho más que eso he de decir que su postura es noble, justa, honrosa y necesaria donde las haya, nada que ver con el compadreo y la elusión de responsabilidad en este León, quizá ya sólo de recuerdo, donde tanto a gobernados como especialmente a gobernantes, ya sólo les debemos este insulso tótum revolútum que es lo que dignamente tratan de esquivar, y un poco más, los catalanes para no dejar de ser precisamente pueblo.

Esta etapa que vivimos y que llaman democracia... está enferma y cada vez más arrinconada por márgenes que se cierran sobre ella a paso de creciente dictadura. Verlo o no, ya ni siquiera es cuestión de inteligencia, no hacen falta los cuatro dedos de frente; sólo sensibilidad y quizá intuición. Unos a otros se acusan de ilegalidad, unos y otros las han cometido, pero unos y otros saben que no es lo mismo unos que otros y que unos fueron antes que los otros. De todas maneras habría que recordarles aquello de: “El que esté libre de pecado...” Y siempre el más pecador es el de mayor responsabilidad.

Lo que últimamente hemos visto (¿no lo vamos a saber en León?) por parte del Estado en las últimas marañas difusas que le pueden llegar a uno cualquiera de a pie, es la reedición de las ansias centrípetas que son como tenazas de uniformidad extendiéndose concéntricamente cada vez más como ondas en el agua, del centro a la periferia, como siempre en un país donde no por casualidad se situó el poder en ese centro, quizá también en esa miopía. El centro y sus proximidades ya no discuten nada, las proximidades es el mismo centro y así irá creciendo de onda en onda y de colonia cultural en colonia cultural. Ese centro, más extendido, ira asumiendo cada vez más la vocación uniformadora de una sustancia anestesiante llamada España y que no es sino uno de esos timos todavía en pleno auge en beneficio político de unos pocos que la emplean como bandera para sus réditos partidistas (“Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”), pero en detrimento de la España real y de su real progreso. Los “soldaditos” de toda esa farsa, aunque no lo sepan, son rehenes y perjudicados. La, o las otras Españas, la que todavía se sostiene digna pero a la que se afea injustamente desde la España mohosa, es por ejemplo esta Catalunya asombrosa y extraordinaria que no para de darnos ejemplos, clases magistrales incluso, de lo que es entender España o de lo que simplemente es España: una armoniosa unidad necesariamente diversa. Catalunya es un lujo para la España que es, y la España que no es, la cerril y rígida, un cáncer para las Españas en convivencia.

La inapelable lección catalana es el ejemplo de la rebeldía obligatoria del amo sobre el subordinado. El amo es el pueblo, los pueblos, y el subordinado el Estado. No hay Estado que no esté constituido por pueblos, así como no hay Estado que no se deba ni deba deberse a los pueblos de los que está constituido. Así como la soberanía reside —se dice y esto es “oficial”— en el pueblo, es decir, en los ciudadanos, así también el Estado reside en la soberanía de los pueblos de los que y con los que ha formado cuerpo. Que un Estado paralice la voluntad de sus pueblos, modifique estatutos o niegue territorialidad es una aberración y un totalitarismo que, como tal, y al venir de arriba a abajo, es decir, impuesto, es antidemocrático, contraviniendo la voluntad principal y torciendo y obligando el carácter de las bases sobre las que el propio Estado está cimentado. Por eso las leyes que emanan del Estado y que van en contra de una mayoría que ha mutado o que se ha inducido a mutar (otra vez, “quien esté libre...”) son leyes profundamente injustas, bien que producidas por delegación del pueblo, pero en forma subordinada y sobre una mayoría que es soberana como pueblo-dueño porcentual de su Estado.

Hace ya unas cuantas lunas y en varias ocasiones me encontré por las calles de la ciudad de León a distintos ciudadanos leoneses, confesos muy leonesistas y mucho leonesistas. Alguna lucha en ese sentido tenían en su haber. La decepción o el desajuste que sentí hablando entre otras cosas de esta comparativa que estoy exponiendo me descolocó por completo. Hablaban como españoles que en primer lugar eran españoles y después leoneses. Es decir, no sólo habían roto o negado el principio cronológico de su identidad, sino que se ponían del lado y al servicio emocional del represor que les negó en pan y la sal al desestimar su voluntad leonesista leonesa y con ello la afirmación y conformación autónoma propia del territorio leonés. ¡Vivir para oír!

Los leoneses no pueden ser buenos españoles si antes no son buenos y reivindicativos leoneses, fortaleciendo a su tierra, dignificándola, identificándola y aportándola después al Estado, si quieren, pero dándosela con algo más que esta flojedad y sumisión y rodillazo.

Es más, uno diría más, el Estado ha de tener la prudencia, la educación y la modestia de estar al servicio de sus pueblos, escucharles con frecuencia y armonizarles siempre, pero nunca ahormar a su gusto a nadie porque hable o se mueva disonante según su parecer. Porque es Estado aglutinador y esa es su responsabilidad capital, pero no dueño. Es más, quien diga, grite, viva el Estado o viva España a veces con declamaciones e hipérboles excesivas —seguramente con la mejor intención pero a la vez puede que también con mucha ingenuidad— como quien firma un cheque en blanco, puede estar cometiendo un error contra sí mismo. El Estado puede vivir, puede ser aceptado y puede ser amado, por supuesto, pero sólo si merece que viva, si ha correspondido como colaborador fiel con todos para ser así aceptado y si sus méritos le hacen acreedor de ser amado. El análisis es de cada uno de nosotros pero el análisis ha de producirse y el resultado de una u otra cosa no tiene por qué venir dado per se ni a ciegas ni por heredad ni por tradición. Por supuesto el Estado tampoco es inmutable ni un designio divino. Nadie camina con los ojos cerrados, por lo menos nadie debería hacerlo no sea que se le multipliquen las opciones de caer.

Termino. Entre León y Catalunya hay una grieta de generaciones y de conocimiento y de bregas políticas a favor de esta última, y por goleada. No se va contra España si se toma su ejemplo. Al revés, a favor precisamente de esa España deseada. Y si acaso el Estado tal y como lo conocemos deja de ser viable para alguno de sus sustentadores porque deja de ser atractivo, dúctil, armonizador, al enrocarse en atribuciones absolutas que no le pertenecen porque es sujeto de los pueblos, entonces es que ese Estado con funciones de aglutinador y armonizador de todos ha fracasado o ha caducado a través de sus históricos gobiernos designados. Lo mejor, para todos, puede ser lo que está por venir.

Desde León, moltes gràcies, Catalunya, por el digno e impagable ejemplo. Y esperemos que no caiga en saco roto en este León que tantas veces en su historia ha sido más conejo que león.

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