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EMILIO GANCEDO
León

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Me acuerdo de una estampa en mi libro de Sociales, que era un mejunje de la EGB donde cabía de todo, desde el aprovechamiento de la remolacha azucarera a la historia de España, y que mostraba a una señora con gorro rojo y sonrisa impávida, león manso a los pies y diversos engranajes, motorcillos y trigos maduros asomando por detrás. El cuadro era curioso pero lo que más me llamaba la atención era la bandera que portaba: no la bicolor con el escudo coronado que normalmente veía uno ondear en los edificios públicos sino otra cuya banda inferior estaba teñida de un exótico y atrevido tono morado.

Me es difícil reflejar aquí todo el poder de sugestión que aquella candorosa ilustración era capaz de ejercer en un guaje que aún no sabía nada de Azaña ni de Negrín ni de Mola ni de Queipo de Llano. Sólo estaba aquella rara bandera, símbolo de un tiempo insólito y nebuloso, evocador emblema de que las cosas podían ser distintas, podían ser otras. Y la miraba y remiraba, y así se me pasaba el tiempo hasta que oía con sobresalto aquello de «¡Gancedo, al encerado!».

Las cosas, efectivamente, pueden ser otras, pueden ser de otra manera. Y el recuerdo de aquella enseña olvidada —o más bien de lo que supone, pues esa está también teñida de prejuicios y tabúes, en todo caso de una sin corona en lo alto—, me da que pensar en estos días de desatadas pasiones banderizas.

Porque a lo largo de todo el alborotado devenir de nuestro Estado, de este meridional, loco y surrealista país, Cataluña ha venido desempeñando algo así como el papel de locomotora, el heraldo de muchas cosas que un día parecieron revolucionarias, adelantadísimas —empezando por la revolución industrial y el ferrocarril, siguiendo por los movimientos sociales—, y después acabaron domesticadas e instaladas en la sala de estar con la mayor de las normalidades.

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Y por eso, en el intento no sé si vano de vislumbrar algo en mitad de la humareda, o al menos de entresacar algo provechoso de este engañoso polvorín, me pregunto yo si no deberíamos —sacudiéndonos la apatía y la perplejidad generales— plantearnos de una vez con seriedad, realismo y valentía caminar juntos a por la tercera. ¿Viva la República? Pues sí, pero la República de todos.