TRIBUNA
En busca de una ciudad limpia
Q ué desagradable es pasear por las aceras de la ciudad, de tu ciudad, y estar evitando cada dos por tres heces de perros, meadas, papeles, escupitajos…, un sinfín de obstáculos altamente detestables. Al mismo tiempo se observan papeleras arrancadas y contenedores a rebosar o tumbados o quemados.
Podemos incluso ir a las afueras. Los caminos están plagados de plásticos, preservativos, bolsas, etc., que no sé por qué aparecen por doquier. Cada cual es libre de hacer de su capa un sayo, pero siempre y cuando no perjudiquemos a los otros. Aquí está el límite, aunque el otro no esté presente. Y esto no se conseguirá así como así, sino a base de educación persistente.
Nos modernizamos y no actuamos en consecuencia. Y entonces vienen las cámaras que son como un gran hermano que nos vigila constantemente. Parece que hacemos méritos para que nos estemos espiando minuto a minuto. Y no podemos más que doblegarnos ante quienes nos ponen espías día y noche y a saber si no también debajo de la cama.
Incluso pasa en las comunidades de vecinos. Eso me hace retroceder en el tiempo y situarme en el centro de enseñanza donde no se cuidan los materiales ni la estructura del edificio como es debido. Como es de todos, da igual cómo lo tratemos. Craso error. En las Comunidades de vecinos los hay que no reparan en hacerse dueños de ese espacio común y no paran de maltratar ese medio no se sabe para qué. Quizás muchos —todos estos— deberían irse a vivir solos, allí donde nadie les importunara ni tuvieran nada que compartir. Si no cuidan el entorno, si piensan que pueden hacer de su vida lo que quieran sin reparar en los demás —hacer de su capa un sayo, dicho en román paladino—, es mejor que elijan un lugar ajeno al resto y así podrán cantar y bailar a su aire. Y todos a gusto.
Todo lo referenciamos a una buena educación. Y quizás tengan razón quienes piensan así. Desde luego si desde niño educamos en las buenas costumbres es más fácil el camino, aunque no todo lo remedia el comodín de la educación. Tal vez es más convincente un ejemplo idóneo en los mayores: padres, hermanos, etc. Con el tiempo, es verdad, dependiendo del carácter de cada cual, la conducta varía más o menos. Unos se dejan seducir por otros; algunos carecen de carácter para imponer su criterio; otros imitan a sus héroes; otros… La adolescencia es una etapa donde el menor despiste puede encumbrar a unos o hundir a otros. Y aquí la educación es sospechosa, vagamente sospechosa. Me gustaría pensar que una buena educación lo arregla todo, pero eso es imposible. No podemos fiarlo todo al trámite educativo. Ojalá fuera así. Primero, porque no todos se dejan educar. Es más fácil y más cómodo elegir el camino más beneficioso, aunque alguno quede en la estacada. No todos reaccionan con rectitud ante una ocasión ventajosa. Es humano arrimar el ascua a nuestra sardina mientras se chamusca el resto. ¡Qué más da!
La suciedad —o la limpieza—, el ruido, el buen trato de lo común… son la conciencia que sobrevuela en una civilización por hacer. Qué bien queda un pueblo limpio. Qué alegría nos brinda el buen estado de las aceras en el paseo. Qué tranquilidad se respira cuando el ruido es música silenciosa. Y sin embargo nos empeñamos una y otra vez en ensuciar el suelo, maltratar lo ajeno, alterar al vecino. Y quedamos tan panchos. Ojalá los que nos sigan aprendan de verdad lo que entraña la convivencia. Es una lección que ya toca.