AL TRASLUZ
El hombre del botijo
Hasta aquí todo retintín con mi parecido con Puigdemont. He tenido que hacerme una camiseta con el lema: «Ojo, señor guardia, no soy él». De chaval vi distintas versiones de «El prisionero de Zenda», aquella película en la que se busca a un inglés para que se hiciese pasar por el príncipe de Ruritaria, con el que guarda asombroso parecido, pues éste no podía asistir a su propia coronación. Pero que la Generalitat no cuente conmigo para reemplazar a su presidente, ahora que es de sillón incierto. Si se resbala en la ducha que gobierne escayolado. Además, en catalán solo sé decir «fuet». Otro caso muy diferente es El Gran dictador, de Charles Chaplin, en la que el barbero judío de Tomania suplanta al tirano, pues se parecen como dos gotas de agua. Estaría dispuesto a hacerme pasar un ratín por Puigdemont, con tal de soltarle a las masas separatistas un gran discurso político desde el balcón presidencial. Les hablaría alto y claro, no como el verdadero don Carles que habla en obtuso y escribe en jeroglífico. Empezaría con aquello de «Lo siento... pero yo no quiero ser emperador», para enseguida soltarme con un «entre flores fandanguillos y alegrías/ nació en España/ la tierra del amor...», después, ensalzaría las excelencias de todas las provincias españolas, incluidas las catalanas, para una vez tuviese a todos y a todas rendidos a mi oratoria, terminar cantando todos y todas a una eso de «que llevo sangre de reyes/en la palma de mi mano/». Toma guerra psicológica. Las masas me harían la ola, como se la hacen a cualquiera que las adule por megafonía.
La contestación del presidente de la Generalitat al requerimiento del Gobierno central recuerda el título de la obra de Miguel Mihura y Tono, escrita al alimón en 1937: Ni pobre ni rico, sino todo lo contrario. Al mudo de los Marx se le entendía mejor.
Detrás de este golpe contra nuestra democracia hay la maquinación de un clan mafioso para eludir la cárcel y lavar su ilegal fortuna, para lo que necesita un estado nuevo. Llevan décadas inventándose afrentas históricas, envenenando nuestra convivencia. Puigdemont es sólo quien lleva el botijo. ¿Nos damos un aire? A partir de hoy, me peino para atrás. Por si acaso.