TRIBUNA
Visto para sentencia

C ompleja solución quirúrgica, nunca homeopática. La comunidad científica no la considera fiable ni práctica, y menos en grandes dosis. Me refiero al síndrome de catalanitis que nos asola desde hace muchos años y que lleva camino de convertirse en pandemia. El problema es que el equipo médico habitual y unilateral no acaba de ponerse de acuerdo. Entre ellos mismos existen agrias discusiones sobre el tratamiento a seguir, aunque no se hagan públicas. Unos callan luego no otorgan, otros pretenden convertirse en héroes y pasar a la historia como protagonistas de la terapia voceada. Esta situación se da mucho entre ciertos jóvenes que exultantes de ardor regional pretenden pasar a la gloria secesionista por la vía rápida; por un supuesto protagonismo desfasado cronológicamente en una Europa a la que ellos nunca podrán pertenecer según las leyes vigentes. Padecen de una patológica eyaculación precoz.
También, en el conjunto del citado equipo médico habitual y unilateral, intervienen facultativos en los que priman intereses personales y políticos desorbitados, obscenos e impresentables. ¿De dónde ha salido esta gente? ¿A qué dedican su tiempo libre? ¿A leer textos de grandes expertos estudiosos y especialistas políticos que pasaron a la historia por su excelente y reconocida coherencia y cordura? En verdad, en verdad les digo que no lo creo, aunque conozco algunas gentes que, sin haber pasado de la educación primaria, han alcanzado una capacidad de raciocinio que muchos de los sentados hoy en solemnes hemiciclos para sí quisieran. La ignorancia y la demagogia han hecho mella en éstos. Y ahí están dirigiendo los destinos del mundo. ¿Pongo ejemplos internacionales? Se dedican a calentar, bien pagados, las ‘poltronas’ en las que, curiosamente, fueron instalados por los súbditos ingenuos y creyentes en su palabrería falaz. Porca miseria.
Sería oportuno en este pasaje recordar las palabras de Dan Brown en una de sus últimas novelas (2009): «Desde el inicio de los tiempos, los ignorantes siempre habían sido los que más alto gritaban, aglutinando a las confiadas masas y obligándolas a hacer su voluntad…». Da la impresión de que fue escrita hace unos días, aunque hayan pasado ocho años desde que el escritor la hizo pública en EE UU. En la antigüedad, décadas antes de Cristo, Cicerón también anotaba: «Nada perturba tanto la vida humana como la ignorancia del bien y el mal». Pura y durísima actualidad.
Y, así va pasando la vida en espera de que la convivencia vuelva a la necesaria e imprescindible concordia, vocablo que parece no formar parte de los diccionarios de quienes, conscientes o engañados, quieren dar al traste con la convivencia que tantos sudores y miserias nos costó lograr hasta llegar al siglo XXI. La incertidumbre paraliza, la incertidumbre es perversa para cuerpo y alma. La certeza que proporciona el bienestar, si existe, promueve el progreso y los deseos de vivir; ayuda a olvidar malos tiempos pasados. ¿Dónde está la memoria? ¿Quién nos la hace perder? ¿Los cantos de sirenas maléficas o necias? ¿La envidia? ¿Los agentes vesánicos, o quizás la estolidez generalizada promovida por las nuevas formas de vida estúpida y sin sentido?
Justifico estas preguntas por causa de la cantidad de barbaridades que he tenido que escuchar en mi entorno sobre la patología a la que hacía referencia al comienzo de la Tribuna. Alguna me ha sobrecogido. Mas, quiero ser optimista. En tiempos lo fui y a ellos quiero volver. Por una vez necesito creer que todas mis alteraciones fueron producto de unas malas noches que prefiero no recordar. No son buenas para la salud cuando te haces mayor en edad, dignidad y gobierno. Amén.