cartas al director
Vicent y Sánchez Harguindey
E l acto está previsto para la mañana, para el mediodía si somos precisos pero el atasco de Madrid les ha impedido llegar a tiempo así que se ha dejado para otra hora.
A las siete y diez entra en el salón de actos Ángel Sánchez Harguindey. Escucho con atención el acento de pescador del Cabanyal de Manuel Vicent, que ha entrado antes que él y al acabar lo que yendo para coloquio ha terminado en visita de médico subo al estrado con el libro que traía bajo el brazo y allí, de pie los dos, me escribe la dedicatoria con un bolígrafo bic de tinta violeta, que no a la violeta.
No pone lugar, no pone fecha o no pone ganas. Mientras tanto un muchacho de la organización del congreso nos hace un par de fotografías en las que no sale Miñambres, me parece, que sube un segundo más tarde.
Ambos han hablado de periódicos y columnistas, de periodismo y columnas, ayer Ortega, Baroja, Azorín, después Vázquez-Montalbán y el humor de El Roto o Chumy Chúmez en Hermano Lobo , Julio Camba siempre, para las veinte o quince o diez personas que estamos allí entre varones y hembras con un discurso que sin estar preparado no llega a ser improvisado o descuidado como algunos atuendos.
A.S.H. habla de la trayectoria del diario El País desde su fundación hasta hoy en cuyo tronco ha estado apoyado desde su fundación hasta hoy así mismo, con ganas de no dejar por nada de vigilar el rebaño, imagino. En esas estamos cuando a las ocho menos cinco, mientras responde a una pregunta de alguien del público —vamos a decirlo así— nos informa de la hora a la que tienen que coger el tren de vuelta «Manolo» y él mismo.
La butaca, las butacas, son de aglomerado, si te mueves un poco crujen como la mecedora de la anciana madre de Anthony Perkins en Psicosis, así que opto por no moverme mucho, no por no salir en la foto, que al final salgo, sino por no llamar la atención de las otras nueve personas que están allí entre varones y hembras.
Yo quiero hacer también una pregunta, mejor dicho, no quiero, tengo varias pero no quiero hacer ninguna.
No me gusta perturbar el sueño de los justos ni hacer perder el tren a nadie. Porque lo importante no es lo que yo pregunte, lo importante es volver a casa al caer la noche. Lo de siempre. Ya lo decía Miguel Hernández, «la sagrada hora del regreso».
Y ya lo decía también un anuncio de la Renfe de cuando yo era pequeño: papá, vuelve en tren.
Pues eso, cambien papá por Ángel y ya lo tienen. Por cierto, él ya está en la calle subiéndose un poco los pantalones con el cayado debajo del brazo cuando he salido con el libro, yo también bajo el brazo y me he quedado en el umbral de la puerta que da a la calle echándole un vistazo a la dedicatoria que me ha escrito Vicent.
El otro camina a paso lento hasta la esquina y allí espera. Vísteme despacio que tengo prisa.
Muy poco después llega Manuel Vicent con el moderador de la visita del médico y se detienen los tres mientras esperan por el taxi a la estación donde a su vez espera el ansiado tren de vuelta.
El taxi está en camino pero parece no llegar nunca. Y para los que nos quedamos aquí, pues aquí no ha pasado nada por poco. Por escaso quiero decir.
Estos han leído a Gracián y han dicho lo bueno si breve. Ya saben. La cosa ha durado menos de una hora pero más de lo que se necesita para leer una columna. Algo es algo. Lo que iba de coloquio se ha quedado en tocata y fuga, en visita de médico, una charla casi en familia como asegura al principio el moderador al ver el panorama. Una charla casi en familia. Pero sólo casi.
Gerardo Cascallana
Serrano. león