cartas al director
A 70 kilómetros por hora
E l mundo está sufriendo una hecatombe. No es necesario ser Julio Verne para predecirlo. Uno se da cuenta de ello cada vez que abre un diario, escucha un noticiario o se acerca a pasear por su pantano más cercano. Y lo más triste de esta hecatombe quizás sea que al ser progresiva no parece tal. Esta recurrida reflexión viene a colación de la reciente disminución de la velocidad máxima para vehículos impuesta por el Ayuntamiento de Madrid ¡dónde si no!. Es en ese momento cuando uno se plantea la paradoja de que el verdadero problema es la falta de soluciones. No se trata de un problema de Madrid. Ni de París. O de Pekín —cuántos pekineses pagarían por ir a respirar los contaminados aires madrileños—. Se trata de un problema que nos afecta a todos, en mayor o menor medida. La Edad de los Combustibles Fósiles (que será como denominen a la actual Edad Contemporánea cuando nos estudien dentro de un par de siglos) está relativamente cercano. Pero los problemas por el incontrolado crecimiento demográfico se seguirán agravando, ayudados por el avance de las tecnologías y el retroceso de la ética humana. Y con todo ello, son de agradecer estas medidas que parecen resolver los problemas, a costa eso sí, del trabajador madrileño de periferia que tiene que madrugar media hora más para desplazarse en su utilitario hasta su trabajo. Benditos sean los parches para la hecatombe que se avecina... Y mientras, todos con los móviles en carga y descarga, comentando la jugada —que las tertulias de bar también cada vez se estilan menos...—.
Julián Díez González. león
Sobre el ‘Ara San Juan’
A nadie se le escapa que asumir responsabilidades es algo que pesa, pero parece evidente que pesa aún más dejar de hacerlo. Esto último es lo que parece que ha procurado —evidentemente con el ánimo de que el final pudiera ser distinto— la Armada argentina. Y es que mientras los familiares no dejaban «ningún Santo a quien rezar», o confiaban plenamente en las condiciones técnicas del submarino, ya se intuía que desde la zona de la tragedia se habían comunicado posibles dificultades mecánicas y registrado algo que podría tratarse de una explosión. En la memoria rusa y española aún están presentes los accidentes del submarino Kursk y del avión Yak-42 . En ambos casos a la lógica desesperanza provocada por la irreparable pérdida del ser querido, se añadió una farragosa resolución por parte de sus responsables directos. Y en ocasiones no se alcanza a saber qué duele más, si el propio accidente o la incapacidad para estar a la altura de las circunstancias.
LUIs ALBERTO RODRÍGUEZ ARROYO. Ponferrada