Diario de León

TRIBUNA

El suicidio como culminación de una conducta

Publicado por
JOSÉ LUIS SANTOS CELA PSICÓLOGO/DOCTOR EN PSICOLOGÍA
León

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H oy, utilizando esta Tribuna, con las limitaciones de espacio que exige, quisiera hacer un hueco a un fantasma, el suicidio, que en ocasiones se hace realidad y que puede aparecer en mujeres y hombres en cualquiera de sus momentos evolutivos: niñez, adolescencia, juventud, madurez y ya, de mayores, y de muy mayores.

Mi interés por el tema, además de ser objeto de mi formación, se ha reforzado por el nacimiento en el seno del Colegio de Psicología de Castilla y León al que pertenezco, de un grupo de trabajo integrado por un nutrido y sobre todo entusiasta número de colegas que se han propuesto aportar no solo su saber, sino su «aprender» sobre esta conducta, con todos sus ingredientes, que está claramente dentro de su intervención profesional; no olvidemos que la psicología tiene como objeto de estudio el comportamiento humano en todo su recorrido, siendo el suicidio, en gran número de casos, una meta tristemente alcanzada.

El suicidio y, más en general, la conducta suicida, tan presente en la vida como el aire que respiramos, es, sin embargo, un tema tabú y altamente estigmatizado al que queremos dar la espalda, aunque, con frecuencia, nos golpea con tal brutalidad que rompe al propio ser y al contexto que, a su vez, ha podido ser origen de la tragedia (seno familiar, escolar, laboral, social, con sus múltiples variantes, o, incluso, la propia persona en su devenir).

Pero, permítanme, estimados lectores de esta tribuna, que antes de buscar un rayo de luz a este drama, aspecto que trataré en otro artículo, aporte unos datos, pocos, pero contundentes, que nos hagan reflexionar sobre su magnitud e importancia social.

Hace relativamente poco tiempo (el 10 de setiembre) se ha celebrado, como se viene haciendo desde 2003, el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, fecha promovida por la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio en colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS), cuyo objetivo es concienciar a la población de que el suicidio, en un considerable número de casos, se puede prevenir.

Esta conmemoración que sirvió de titular en multitud de medios de comunicación en la fecha indicada es un mensaje que pierde potencia desde el día 11 del mismo mes y vuelve a resurgir cada cumpleaños; sin embargo, la conducta suicida, que es un continuo, se materializa en suicidio en un considerable número de casos cada mes del año, cada día del mes, cada hora del día… cada segundo.

Las estadísticas, cuyos datos siempre están a la baja por motivos que luego analizaré, recogen diez suicidios cada día en España, casi 4.000 al año, que si lo trasladamos al mundo, la cifra, que produce escalofríos, es de más de 1.000.000, lo que arrojaría un suicidio cada 40 segundos, de los que en torno a 250.000 son menores de 25 años, estando entre las tres causas de muerte más frecuentes en el tramo de edad de los 15-25, siendo los varones los que más consuman el suicidio y las mujeres las que presentan mayor número de tentativas.

Este dato de pérdidas humanas, de por sí abrumador según la OMS, es superior a la suma de las muertes por homicidios y guerras. Este drama se amplifica si pensamos en los intentos no consumados y en el sufrimiento que conlleva a las personas de su entorno. En fin, un drama, pero un drama que más que representación exige prevención para evitar que se produzca.

En base a la importancia del tema, creo conveniente, dado el carácter general de este artículo, hacer un brevísimo comentario a las investigaciones sobre las posibles causas que pueden llevar a la persona a desarrollar conductas suicidas y, en el peor de los casos, a consumar el suicidio, presentadas por expertos profesionales en el I Congreso de la Sociedad de Suicidología (Madrid 8 y 9 de septiembre de 2017), reunión a la que tuve la oportunidad de asistir.

Estas investigaciones, centradas en la neurobiología, mediante estudios de cerebros post mortem, de suicidios consumados y cerebros controles; y de estudios de neuroimagen (TAC, RM, PET,…) sobre cerebros vivos, con todos los interrogantes y limitaciones que aún encierra: «han encontrado una asociación entre las conductas suicidas y el córtex prefrontal, sobre todo en las áreas dorsolateral y orbitofrontal, así como una alteración de la actividad serotoninérgica en ese lóbulo, lo que parece relacionar tales conductas con la capacidad de tomar decisiones, resolver problemas y con el bajo control de impulsos además de con el síntoma clínico desesperanza». Dentro de esta línea de investigación también se trató sobre las bases genéticas de la conducta suicida, donde, admitiendo el gran camino que queda por recorrer, se aportaron indicadores de que lo que está condicionado genéticamente no es tanto el suicidio consumado como la impulsividad que mueve a quienes realizan gestos suicidas porque soportan mal el estrés social.

Desde otra área de la ciencia, la neuropsiquiatría, se consideró el trastorno mental como importante posible causa de conductas suicidas, donde, según los expertos, incluiríamos el 90% de los suicidios, siendo la depresión bipolar y la esquizofrenia las que presentan mayor riesgo de suicidio. En el caso de la psicosis, el 40 % realizan al menos un intento a lo largo de su vida, siendo el 71% en los tres primeros años de su enfermedad y entre el 10-15% quienes consuman el suicidio. El perfil es varón, joven, con alto nivel cultural.

Otras causas, no siempre conocidas (de ahí la dificultad para su cuantificación), aunque no por ello menos importantes, son aquellas situaciones surgidas en la vida, como los sentimientos de rechazo, pérdida o soledad ante un sentimiento de víctima u otros que impiden una gestión de su carga emocional (consumo de tóxicos, enfermedades graves, problemas laborales….) que empujan a conductas suicidas a personas que se sienten incapaces de afrontarlas y que buscan en la muerte un alivio.

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