león en verso
Salmuera al desigual
La gente no cambia. Pierde fuerza con la edad. Así que resulta factible que quien acostumbraba a pasar a cuchillo hace diez o veinte años, ejecute hoy con un abrelatas; con una lima de uñas. O a base de chismorreo, que, como recurso, es un buen arma de destrucción masiva. Todo vale para esa batalla cruenta que libra a diario un ejército de mediocres contra la humanidad. En una escala de preferencias sobre las condiciones del ser que hay que sufrir como una condena perpetua, la mayoría se decanta por el mediocre antes que el psicópata. La elección tiene taras, fruto del prejuicio que se ha armado en torno a las psicopatías, azuzado por las recreaciones mitológicas sobre biografías de personajes tocados por el dedo del desajuste mental. Pero basta un tiempo limitado de convivencia con un mediocre para comprobar que la onda expansiva de sus actos no tiene parangón entre el arco de la estulticia humana. Al mediocre le urge, le carcome por la noche, la idea de parecer más de lo que es, para lo que se emplea a fondo en dinamitar al que tiene al lado, en esa idea peregrina de que al hacer de menos al prójimo va a lograr reducir sus limitaciones; las genéticas, también. Es propenso a la agresividad; la física, la psíquica, la social; tiene querencia a hostigar. La mediocridad es la madre del acoso, que concibió en una noche loca con la envidia. Por eso disparan al diferente, al que se sale de la norma, al prodigio, a la excepción. El cainismo resulta un movimiento social inagotable desde antes de que los relatos creacionistas trataran de justificar ese declive a base de filosofar sobre el morrillazo que sufrió Abel, sin comerlo ni beberlo. El último reflejo mediático de la expansión del mediocre se desparramó hace apenas una semana, con el ataque furibundo al escritor y periodista que se atrevió a localizar en público el origen de los males que atenazan a este país. La alteración está en la educación. La educación en el concepto de enseñanza, en el proceso de instrucción que le corresponde sostener a los poderes públicos. Los colegios son ahora lugares para aplastar la inteligencia e igualarla a la mediocridad. En cuanto hay un niño brillante, el sistema lo neutraliza con el aroma de la vulgaridad. Este es el ciclo de la vida: copian al que genera un método de éxito; y critican al que no pueden copiar. Sólo le tiran piedras a los árboles que tienen fruta. Esos. Los mediocres.