al trasluz
Los besos no muerden
Hay tres cosas que a los niños de mi generación nos hacían poner muecas de asco: las espinacas, el cálculo sexagesimal y los besos entre adultos. No necesariamente por este orden. El otro día lo recordé al observar a unos chavalines —de entre 6 y 10 años— que asistían a una representación en el Palacio del Conde Luna. Pobre Januca de fiesta y luz, por El Mayal, excelente teatro universitario realizado en León, muy bien dirigido por Javier Rodríguez de la Varga. Un cuento que lleva dentro otro, que lleva dentro... Me gustó observar a tan respetable público, cómo disfrutaba con la obra. En un momento, hay un inocente beso de amor. La cara de las criaturas fue un poema al unísono. A esa edad ignoran lo que proclama la letra de Casablanca: «Un beso es simplemente un beso/ lo fundamental es aquello que permanece/ a lo largo del tiempo». Una reacción de vergüencilla irreprimible. Lanzaron y gesticularon a la vez un «¡puagg! Incluso una niña tapó a su hermanita los ojos para que no lo contemplase. Por supuesto, beso más casto jamás lo hubo en un escenario. Y me visualice a esa misma edad, ante la tele, tumbado en la alfombra de casa exclamando: «¡Me voy, que empiezan con los amores!». O sea: puag. Nada más ver venir el arrumaco me abordaba la necesidad de retirarme a mis aposentos. «¿Han terminado ya?», gritaba desde mi cuarto. Las veces que resistía tal tormento visual era por ponerme a hacer el pino sobre el sofá (y no es licencia poética), hasta que la desagradable escena concluía. De crío, nunca comprendí la manía de Robin Hood de enamorarse de Marian. Donde estuviese un flechazo de verdad, que se quitasen los otros.
Sí, me encantó recordarme en ellos. Porque esos «¡puagg!» suyos —como los míos— no eran consecuencia del temor, sino del humor. De niños, todos llevábamos dentro un humorista. Ya de mayores sentimos la nostalgia de aquel Camelot de risas inocentes, al que sólo regresas muy de vez en cuando. Ser adulto te quita mucho tiempo.
«No seas raspa», me decía mi madre, no sin razón. Ahora ya me gustan las espinacas y sé que los besos no muerden. En cuanto al cálculo sexagesimal... siempre fui más de calcular con naranjas, su zumo no contiene decimales Y ahí sigo.