Diario de León

Publicado por
Julio Ferreras ex-director del Conservatorio de León
León

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E sta magia de la música coral suele estar presente especialmente en la Navidad, con los villancicos como centro, junto a otros cantos, pero es cierto que la encontramos también a lo largo del año, en las variadas actividades llevadas a cabo por los coros, conjuntos y agrupaciones corales, desplegados por nuestra ciudad y provincia, como uno de los medios más asequibles y beneficiosos de practicar la bella música del canto coral, aquella que pretende armonizarnos con nosotros mismos y con los demás. Agradecemos, desde aquí, a la Diputación por su Programa Música Coral en Navidad, para llevar la magia de esta música a tantos pueblos de la provincia; y también al Ayuntamiento de León, por su apoyo a las Aulas Corales Municipales, de donde surgen tantos músicos profesionales y aficionados a la música, y asimismo, a la Universidad, por su convenio con JJMM de León. Bien podría extenderse este apoyo a la música coral, entre las instituciones, empresas y fundaciones privadas.

Pero, hoy, queremos ahondar en las condiciones en que se desenvuelven y desempeñan su actividad, generalmente, estas agrupaciones corales. La gran mayoría están constituidas, en nuestro país, por aficionados, lo que no impide que algunas de ellas sean profesionales del canto coral. Pero todas sufren, de alguna manera, las consecuencias de vivir en un país, donde no se aprecian, en su justa medida, las actividades artísticas y culturales, con la mayoría de los políticos y gobernantes —y también de los intelectuales— a la cabeza. A causa de ello, no comprenden, en su verdadera realidad, la necesidad y la conveniencia sociales de crear y patrocinar esas agrupaciones, en toda su extensión, no solo mediante aportaciones esporádicas, claramente insuficientes; mientras, por otra parte, no dudan en pagar cantidades desorbitadas a cantantes de música ligera, lo que justifican por el atractivo que tienen ante el público. Es cierto, pero ¿a qué obedece esto? A una falta de educación musical y de educación general de la sociedad, en cuyo caso el público no acierta a disfrutar, por desconocimiento, de las actividades verdaderamente culturales y artísticas, sino de los espectáculos y pasatiempos más frívolos y superficiales, en los que suelen predominar el divismo y el negocio económico, más que el verdadero arte y el servicio a la sociedad.

Y ¿a qué obedece el hecho de que existan cerca de cuarenta agrupaciones corales, en nuestra ciudad y provincia, a pesar de las enojosas situaciones en que suelen desenvolverse? Ahí está el secreto y la magia del canto coral, un poder reconocido desde las más antiguas civilizaciones, y hoy científicamente comprobado por multitud de estudios e investigaciones, llevados a cabo en las universidades americanas, principalmente. Véanse, a este respecto, los libros de Don Campbell, sobre «El Efecto Mozart», donde el autor menciona multitud de estudios e investigaciones, que prueban las consecuencias enormemente positivas de la música sobre el cerebro y el comportamiento humanos, y sobre la vida del ser humano en general. Consecuencias extensibles a la educación del niño, a la capacidad de la música para alegrar la vida familiar y social, a la prevención y el alivio de las enfermedades, y todo ello debido al inmenso poder del sonido musical, y en especial, el canto coral y la gran música clásica. ¿Se puede entender, ahora, por qué proliferan tantos coros, a pesar de todo?

Este hecho, científicamente comprobado, debería cambiar la actitud de la sociedad, y en especial la de los gobernantes e intelectuales, ante la gran música, y en especial, ante el canto coral. Y que tomen conciencia de la necesidad y la conveniencia, por lo que acabamos de exponer, de ayudar a la creación y al sostenimiento de esas agrupaciones, la mayoría de las cuales sobreviven gracias a las aportaciones económicas de sus propios miembros y a alguna otra ayuda ocasional. Y en cuanto al alma de estos coros, sus directores, muchos de ellos verdaderos profesionales, se encuentran en una situación que recuerda las penurias sufridas por tantos músicos artistas, a lo largo de la historia, ante una sociedad que no ha acertado a comprender el importante cometido artístico, cultural y social que realizan. Esto debería avergonzar a la propia sociedad, hoy, más que en el pasado, porque no existe ninguna justificación válida para ello, pues es bien evidente su importante labor social al frente de estos coros.

Hemos de recordar que el canto popular y el canto coral ayudan a serenar y armonizar todo nuestro ser, pues participan de la energía cósmica vital que compenetra cuanto existe, y llevan a la unión y la armonía con todo lo que vibra a nuestro alrededor. Forman parte del gran canto de la creación, esa resonancia que todos los seres elevan a su creador y a todo el cosmos. Nada podría cambiar tanto la vida y el ambiente, por ejemplo, en los centros educativos, hoy tan problemáticos, como la presencia de la música, y en especial, el canto coral; es un hecho comprobado en multitud de estudios, como afirma repetidamente Don Campbell.

En un documento de la Unesco, acerca de la importancia de la participación de la comunidad en el canto, se lee: «El canto en grupo ofrece el medio más natural de expresión musical, al que puede acceder prácticamente todo el mundo, pues no es una actividad de los especialistas, y hace nacer una especie de familiaridad, como ninguna otra actividad». Y ¡qué decir de la participación de niños y jóvenes en agrupaciones corales de todo tipo, con su capacidad para crear un ambiente de alegría, de cooperación y de solidaridad! Esos ambientes pueden transformar un pueblo, una ciudad, un país, y ¿por qué no?, el mundo entero.

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