AL TRASLUZ
Las amistades imposibles
Me preguntan a bocajarro: «¿Qué piensas de la polémica sobre Woody Allen? En Asturias hay quien pide retirar su escultura». Contesté que estaba dándole vueltas a una columna, y aquí va. Estoy en deuda con su cine, desde que de crío me desternillé con Toma el dinero y corre, hasta el mes pasado en que me conmovió con su trágica Wonder Wheel. Le considero uno de mis amigos imposibles: Laurel y Hardy, Groucho o Cervantes, entre otros. No puedo pronunciarme mucho más sobre este triste caso, pues carezco de elementos de juicio. Me repele que alguien en un artículo en El País le llame «monstruo», aunque tampoco le conoce personalmente. Admito la existencia de lo monstruoso en la vida, pero ¿quién reparará el daño al cineasta si estamos ante una calumnia? Mi prudencia nada tiene de ingenuismo protector, Allen ya fue declarado inocente en los tribunales. Si un día unas pruebas me llevasen a cambiar mi admiración por él no haría un circo con mi decepción y mi rabia, aunque tampoco guardaría silencio. Quiero a Allen y asumo mis deudas por la felicidad que le debo. La forma de pagarle es con mi prudencia al expresarme sobre este tenebroso asunto. Ni niego ni afirmo, callo pues no sé. Pero, a la vez, para que mi silencio no sea mera comodidad, le deseo lo mejor y que no desfallezca. Entiendo el desconcierto creado, pero rechazo a quienes ahora se avergüenzan de haber trabajado con él. ¿Saben a qué se dedica cada dólar que recaudan sus propias películas? La productora se plantea no estrenar este año la nueva. ¿Es posible tanto desatino?
Me viene ahora a la memoria una calumnia de abuso sexual a un menor que cayó sobre el fundador de la Ciudad de los Muchachos, nuestro paisano Tío Alberto, cuya inocencia defendió Pérez Chencho desde este periódico, antes de que los tribunales la dictaminasen. ¿Quién limpia lo ensuciado, si no es verdad?
Allen sigue siendo una de mis amistades imposibles, hasta que se demuestre que no ha de ser así. Muchos le debemos mucho. Claro que creo en la existencia de los monstruos, pero recelo de quienes salen a cazarlos con bidones de gasolina. Como dijo el papa Francisco, «¿quién soy yo para juzgar?» Le temo mucho más a una monstruosa mentira que a una verdad monstruosa.