TRIBUNA
¿De qué recuperación hablamos?
M e estomaga oír a dirigentes que la economía va bien, viento en popa. Se ve que no miran un poco más allá de su alrededor, de sus narices, o que viven en el país de las maravillas. Es inadmisible. Podían callarse, al menos, mientras las cosas no vayan por un cauce más generoso. La realidad es que crece la desigualdad, que los jóvenes —y no tan jóvenes— están en paro o en trabajos mediocres, que hay sueldos desorbitados, que… ¿Para qué seguir? El otro día una diputada —quizás senadora— decía que había que ahorrar desde temprana edad para el futuro, al tiempo que ella propugnaba que trabajaría hasta los ochenta. ¡Cómo no! En vez de dejar paso a la juventud, nos agarramos al escaño que deja un sueldo de privilegio. ¡Qué desfachatez!
Oteo el panorama y se me cae la moral por los suelos. Los políticos no arreglan nada de los problemas en pie: Cataluña sigue en sus trece, la corrupción campea a sus anchas, el paro no baja lo suficiente… Y nos quieren vender que todo va bien. Si no tenemos miras altas y nos afanamos en arreglar los temas del momento, no sé adónde vamos a parar. Nada bueno se augura a corto y medio plazo.
No me cansaré de denunciar los hechos que día a día afloran en los medios. Parece que hay impunidad en la mayoría de los casos, sobre todo del lado de la política. No se sabe cómo, pero la mayor parte prescriben y el dinero se queda en el limbo. Esto se debería arreglar especialmente con una clase política honesta y correcta. Pero la confianza merma a marchas forzadas porque apenas unas fianzas quedan como aval. Y poco más.
El alto paro, por mucho que se quiera paliar, resulta inmoral. No puede ser que un país con tantos recursos y tan avanzada tecnología muestre unas listas de paro disparatadas. Y sobre todo en los jóvenes. Por eso me produce resquemor que alguien vocifere que no dejará de trabajar hasta muy tarde, máxime cuando hablamos de sueldos de escalofrío. Por favor, dejen paso a los que vienen detrás y gocen de la vida. Y a esto podemos añadir a quienes, aun trabajando, no llegan a los mil euros.
Y entretanto, la desigualdad campa a sus anchas. Cada vez menos gente acapara el capital de la mayoría. Es igual que haya o no crisis, ellos siempre ganan. Eso hace que las diferencias se vayan ensanchando. No sé si deberían prohibir que las diferencias salariales entre unos y otros se rebajen, pero algo hay que hacer. Resulta insólito que alguien gane cantidades astronómicas, mientras muchos apenas llegan a final de mes. La excusa es que lo generan. Lo dudo. Me parece que debería ponerse un límite. Esto no es regular las retribuciones, ya que siempre habrá unos que se merezcan más que otros, sea en función de sus capacidades o de su responsabilidad. Pero con cierto rasero. Acaparar tanto capital no parece ético ni el mejor camino hacia la integración.
Además de estos temas no menores, hay otros que convendría mirar a fondo. Hablo de las competencias que el Estado ha transferido a las comunidades. Ya parece poco afortunado que haya tantas comunidades —mejor sería traslado de gestiones—. Bastaría con seis o siete para todo el territorio. Pero, aun manteniendo el actual estado, sería conveniente reagrupar ciertas competencias. Ojalá se pudiera llevar a cabo un referéndum nacional acerca de este asunto. Seguramente se reclamarían algunas competencias transferidas, como Educación y Sanidad. Se ahorrarían gastos y no se trocearía materias tan sensibles como la enseñanza y la sanidad. Todos estamos de acuerdo que hacen falta pactos en estas materias, para que todos estudien más o menos lo mismo y seamos tratados médicamente igual en todas las partes.
En este país pasan muchas cosas y nadie se entera de nada. Los que mandan no firman y nunca se podrá probar su participación. Hay recursos y recursos y mientras los plazos prescriben y se van de rositas, en tanto los demás estamos siempre a centímetros de que nos juzguen o nos multen a poco que nos salgamos del cauce normal. ¿Algún día podremos decir que todo marcha como la seda? Soñemos, pues. Soñemos antes de que el desánimo cunda por todos los resquicios y nos obliguen a tomar la justicia por nuestras manos. Ojalá la quimera de la honradez y la sensatez nos atenacen definitivamente.