fuego amigo
El valle de las nieves
La Cueta es el pueblo más alto de Babia y vigila el tránsito por sus tres barrios del río de oro, cuyas fuentes manan en el collado Orniz, más arriba de los pastizales de Cuatalbo. Aquellas pendientes reciben los deshielos de un paisaje de crestas calizas suavizadas por la erosión, que estas nevadas tenaces han dejado inabordables. De hecho, nos hemos acordado de La Cueta por la nieve y ojalá sirva el recordatorio invernal como reclamo para visitar este valle fronterizo babiano por las sendas despejadas del verano.
Apenas a un kilómetro del desvío en Vega de Viejos, un puente de piedra testimonia el solar de un antiguo monasterio, que abandonaron las monjas a causa del frío. Fue hace siglos y de aquel cenobio cisterciense apenas queda la traza de sus cimientos. Hace tres cuartos de siglo, los vecinos de Cacabillo vendieron sus piedras labradas y lo que tenía algún valor de la iglesia para remendar la ermita de San Juan, que aparece un kilómetro adelante aupada sobre la ladera. Cacabillo emplaza sus pocas casas a ambos lados del río, pero fuera de la vega, para no malograr el terreno fértil. Unas, junto a la ermita; el grupo más numeroso, en torno a la senda que remonta hacia la laguna Grande.
Entre Cacabillo y Quejo se cruza un desfiladero que retuerce la carretera y la adelgaza más aún. Una lujosa Posada Real revela el protagonismo del turismo en la recuperación de este valle paradisíaco, condenado al abandono. La ermita de Quejo se ofrece a la inclemencia de la intemperie, mientras las casas tradicionales muestran al exterior la curva de los hornos, a veces incluso duplicados. Ya en La Cueta, que se encuentra a cinco kilómetros del desvío, el teso de la iglesia tienta como observatorio del valle. En torno a La Cueta, las laderas apaciguan su pendiente y dejan espacio para una pequeña vega, donde se ordenan los pastos y algún cultivo de huerta.
Ya no se siembran las lentejas que dieron renombre a la cabecera del Sil en los mercados comarcales. Y menos aún centeno, así que las terrazas laboriosamente parceladas durante siglos propagan yerba de baldío. El caserío de La Cueta se ve cuidado, con la pizarra de sus tejados en perfecto estado de revista. Tampoco hay atropellos que dañen la pupila y en general se conservan los muros de piedra sin revocos. Un panel de Cuatro Valles, situado junto a la fuente Divina, resume los datos de la excursión a las fuentes del Sil, tasando en cinco horas y más de trece kilómetros de ida y vuelta su conquista. Y tampoco es eso, sobre todo porque cualquiera sabe de antemano que son muchos los dispersos manantiales que se disputan ser la fuente del río de las pepitas de oro. La fuente es obra de la Junta Vecinal y pregona los nombres de sus promotores.