Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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El agua tiene un tinte metalizado estos días en el río Tremor, afluente del Boeza. Un color rojizo tiñe la ribera entre Tremor de Arriba, la localidad que creció a la sombra del carbón, y Almagarinos. Ocho kilómetros de longitud, nada menos.

«La minería cierra y nos deja lo malo», se ha quejado el alcalde de Igüeña, Alider Presa, porque el agua turbia del río contaminado por la filtración de metales pesados procede de las galerías inundadas de la vieja mina de Alto Bierzo, el motor de la economía del pueblo durante décadas y hoy cerrada.

Mal cerrada, habría que escribir, y no solo por el desempleo que ha dejado. Mal cerrada, no solo por la despoblación de Tremor, un lugar de viviendas vacías. Mal cerrada porque nadie se ha ocupado de planificar como debiera el fin de la extracción de carbón. Y ahora lo paga el río.

Lo pagan también los últimos vecinos de Tremor. Los habitantes del municipio que no se han ido. Y los visitantes. Porque la filtración del agua contaminada desbarata los planes del Ayuntamiento para que el monte, la pesca, las sendas, la leyenda del tío Perruca, que se enfrentó a un oso, ¿por qué no?, o el circuito de motocross que trae a los mejores pilotos a Pobladura de las Regueras, se conviertan en motivos para viajar alguna vez a Igüeña.

La mina cierra y quedan las escombreras, los cielos abiertos, el agua sucia. Quedan los jubilados y los prejubilados. Si es que no se han ido lejos, a lugares más cálidos. Quedan los viejos. Y queda el eco del carbón. El sonido muerto de la carrucha que bajaba a los mineros al pozo, el pico y el barreño, la cinta transportadora, inmóvil.

Las cuencas mineras, hay que contarlo otra vez, se están convirtiendo en tierra de nadie. En esqueletos industriales. El carbón está muerto. Muerto y enterrado. Y ya no me pregunto quién lo ha matado, si el culpable es Europa o el cambio climático, los nuevos tiempos, la economía cambiante, o el sectarismo político que cierra las puertas a la investigación.

Pero si está muerto hay que darle un entierro digno. Y evitarle a los vecinos de Tremor, a los habitantes de Igüeña, a los visitantes del Bierzo Alto, la vergüenza de ver el río teñido de marrón por la descomposición del difunto.

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