Diario de León

TRIBUNA

La Regenta, una lectura obligada

Publicado por
Manuel Arias Blanco profesor jubilado de Secundaria
León

Creado:

Actualizado:

Q uizás el libro más leído por mí de siempre. Creo que, a pesar de las distintas relecturas, nunca me deja indiferente. Me parece que hoy resiste perfectamente cualquier análisis. Tal vez por eso en esta nueva relectura he reparado en la cantidad de expresiones que de aquella podían desentonar o, mejor dicho, podían extrañar a lectores poco habituados a la lectura. No sorprende, es cierto, la frecuencia de latinismos, pero observamos que ya era más que notable la inserción de voces de otras lenguas. Eso demuestra a las claras la cultura de los autores y lectores que entonces concurrían. Cuando exponga estas voces pueden parecernos muy sabidas, pero echemos la vista atrás, a comienzos del siglo XX, entonces estaremos en condiciones de apreciar en su justa medida la auténtica obra de arte que ha logrado Clarín.

Ahora utilizamos con naturalidad voces que entonces estaban entrando en nuestra lengua con fuerza, como petit comité, confort, lapsus, mediocritas, dandy, vox populi, in extremis, in fraganti, vade retro… Ya están en el acervo común y nadie piensa qué pasos dieron antes. Clarín fue un adelantado en su día porque estaba al tanto de lo que se cocía en el diccionario cotidiano. Y si entonces, aunque leía poca gente, los ilustrados se sorprendían de estas voces, eso no impedía que los escritores cultivados se «contaminaran» de las lecturas en vigor.

No es de extrañar las numerosas expresiones latinas, quizás por su esmerada cultura personal. Leopoldo supo armonizarlas en un ritmo ágil y apropiado al lector más estándar. Cualquiera puede hoy leer con naturalidad La Regenta y salir airoso de este despliegue latino de altura. Al mismo tiempo, después de este lapso de generaciones, estamos al tanto de otras expresiones ya admitidas y plenamente asimiladas.

Cabe destacar —y esto no puede extrañarnos— la mayoría de frases francesas (galicismos), pues no en vano la cultura vecina imponía su ley en nuestro país. Todavía muchos en los estudios tuvimos francés como lengua extranjera obligatoria en menoscabo del inglés, de más amplio recorrido. Así expresiones como «petit comité, confort, bibelot, l’enfant terrible, chance, cachet, matinée…» se dejan sentir en el terreno de la lectura. Por el contrario los italianismo y anglicismos apenas se dejan traslucir en este discurrir novelesco: dandy, gentleman, non capisco, tutti contenti, to be or not to be…

En todo caso, desde aquí os animo a que os apuntéis a la lectura de esta magna novela, el Quijote del siglo XX, porque os acercará a la auténtica literatura. No importa la extensión cuando el contenido nos engancha desde el inicio. Capítulo a capítulo nos va metiendo en harina y solo al final, en el último capítulo, veremos cómo acaba todo. La disposición formal y el fino estilo elevan al máximo el arte literario por excelencia. Es de los pocos libros que resisten mil lecturas y siempre encontraremos razones para volver a leerlo.

Razones de más hay para la lectura sea del nivel que sea, pero es obligado acercarnos a las grandes obras para apreciar en su más amplio concepto este atractivo imán de la letra impresa. Nada hay más relajante y seductor, si acaso la poco estimada meditación. Pero leer también es en sentido estricto meditar porque nos centramos en ese aquí y ahora que nos absorbe por entero y nos comunica con la voz de un autor lejano o inaccesible.

Es verdad que la iniciación puede originarse de la mano de obras de escasa extensión, quizás por el temor a que nos abrume. Pero no siempre ocurre esto. Me alegra repetir que en mi carrera docente la afición a la lectura de una alumna nació ni más ni menos que con El Quijote. Por tanto no tengamos sospecha de la novela extensa. Aquí no se producirá empacho, sino más bien deleite y expectación.

tracking