Diario de León

TRIBUNA

Del complejo de Edipo al complejo paterno

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León

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P asar del complejo de Edipo al complejo paterno no es indicio de que el niño haya superado las etapas iniciales del desarrollo de su personalidad y de haber resuelto ya su complejo de Edipo. Es, sin embargo, una señal más de que el niño continúa con su fijación patológica en las primeras etapas de su vida, impidiendo el desarrollo psíquico normal de su personalidad. Y es, también, síntoma de que la patología en la que el niño se ha instalado, por resultarle gratificante, se acentúa aún más, se agrava peligrosamente y complica en exceso su tratamiento.

Pasar del complejo de Edipo al complejo paterno evidencia el desplazamiento al que se ve sometido el padre por el hijo, permitiéndole ocupar el puesto tan deseado ante la madre con el fin de consumar su perversa relación incestuosa. Confirma, además, el parricidio del progenitor a manos de su propio hijo, calificándole de intransigente, poderoso y violento. Y constata, al mismo tiempo, el fratricidio del hermano a quien ve como el principal rival que se atreve a disputar su lugar ante la madre.

Pasar del complejo de Edipo al complejo paterno evidencia la identificación del hijo con la figura paterna, llegando a ser, por fin, el venerado, temido e indiscutible padre a quien nadie ha de tener el atrevimiento de oponerse o disentir de él. Significa su transformación en un padre al estilo del que rechaza: rígido, autoritario e inflexible ante toda desviación respecto a su propia voluntad. Un padre que exige sumisión estricta y aceptación ciega de la nueva paternidad para poder permanecer en el grupo de los ‘hijos elegidos’. Y un padre que no admite la independencia de criterio y libertad de juicio por considerarlo como una rebeldía que de forma irremediable conduce a la expulsión del ‘hogar paterno’.

Resolver bien el complejo de Edipo es fundamental para formar la estructura de una personalidad normal y madura, que consiga reprimir el ello, formar el yo, y consolidar el super-yo. Resolver bien el complejo de Edipo permite al niño iniciar y continuar las relaciones de amistad, así como establecer y mantener conductas sociales consentidas. Mientras que, por el contrario, no resolver el complejo de Edipo posibilita la aparición de patologías personales, sociales y morales.

Analizar desde una óptica psicoanalítica la que hemos denominado ‘patología catalana’, permite descubrir que, pasar del complejo de Edipo al complejo paterno, no es señal de que el enfermo (bloque independentista catalán) haya superado su inmadurez y su complejo de inferioridad. Es, sin embargo, una clara muestra de que el paciente ha desplazado su instinto de destrucción hacia la figura del padre (instituciones y símbolos del Estado español), al que asesina y pasa a ocupar su lugar, actuando de igual manera con quienes le puedan sustituir o representar (instituciones europeas), convirtiéndose así en aquello a lo que tanto se oponía, resistía y renegaba de forma apasionada y violenta. Mostrar rechazo al Gobierno del Estado español por parte de los separatistas catalanes es como una resistencia semejante a la oposición que desarrolla el neurótico cuando el psicoanálisis progresa y realiza descubrimientos comprometedores para el enfermo.

Psicoanalizar la ‘patología catalana’ permite desvelar que, pasar del complejo de Edipo al complejo paterno, conduce tanto al parricidio político del progenitor, en sus modalidades colectiva e individual (CDC ‘elimina’ a CiU, el PDeCAT a CDC, y JxCat al PDeCAT; de la misma manera que Mas ‘extermina’ a Pujol y más tarde Puigdemont a Mas), como al fratricidio político entre independentistas (JxCat ‘aniquila’ a Junts pel Sí, el PDeCAT pretende hacerlo con ERC, ERC con el PDeCAT, Puigdemont con Junqueras, Junqueras con Puigdemont, y unos y otros con cuantos se muestran o son etiquetados de rebeldes, caso de Santi Vila).

Pasar del complejo de Edipo al complejo paterno consiste en la identificación del padre con Puigdemont, al que ahora nadie ha de oponerse ni disentir, y al que el catalanismo radical venera como el ‘nuevo mesías’ y ‘gran caudillo’ que ha de liberar al pueblo oprimido. Pueblo al que sus dirigentes en su locura han enloquecido, eliminando al que se muestra cuerdo para aparentar ser ellos los cuerdos. Pueblo convertido en secta entorno a la que han montado su religión (el totalitarismo), su doctrina (el etnicismo), su mandamiento (odiarás a España sobre todas las cosas), su consigna (‘un sol poble’), sus símbolos (la estelada y el lazo amarillo, nueva cruz gamada del siglo XXI), y su lema, al viejo y rancio estilo franquista (Cataluña: una, grande y libre). Una nación, una raza, una lengua. Grande, que reivindica unos ficticios países catalanes. Libre, ¿qué libertad?, libertad de opinión (cuando TV3 veta a quienes no tienen su misma idea de Cataluña), libertad de comunicación (cuando se impone el editorial único), libertad de pensamiento (cuando se manipula groseramente la historia), libertad de movimiento (cuando se señala, se acosa y se persigue al discrepante), ¿qué libertad?

Pasar del complejo de Edipo al complejo paterno acrecienta y empeora el cuadro clínico. La ‘patología catalana’ se manifiesta ahora con mayor gravedad, por su múltiple y compleja sintomatología; con mayor profundidad, por su persistencia en el tiempo, al proceder de pasadas generaciones y querer prolongarla en las futuras, «persistid, porque yo persistiré» (Junqueras); y con mayor perversidad, por la indecente declaración unilateral de independencia (DUI) y una obscena descerebración a la que someten a los niños en escuelas y colegios. Los petardos de hoy son las bombas del mañana.

Los secesionistas necesitan un tratamiento multiterapeútico, pluridimensional y prolongado en el tiempo, aplicarles sin complejos la Constitución y pasar por la cárcel. «La cárcel parece que es escuela donde se evaporan los sueños locos de los vendedores de patrias» (J. Cacho). Son como son y no han perdido su condición, Entre una naranja y un limón es fácil la elección. ‘Acta est fabula’.

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