EN BLANCO
Mande...
Uno solo debería plantearse los problemas que puede resolver, eso está claro, entre los que no se cuenta precisamente el locutorio global en que se ha convertido el mundo, finiquitando de paso con la santidad del domicilio familiar y la anhelada privacidad del ser humano. De todas formas, y ejerciendo a modo de tribuno de la plebe, quiero llamar la atención sobre esos inoportunos telefonazos que alteran nuestro modelo de convivencia y constituyen, a mi entender, un comportamiento obsesivo que cada vez va a peor. Hablo de los intentos de venta vía telefónica que han cuajado entre el universo de datos, comunicaciones y supuestas encuestas que no sirven para nada. Y eso que es derecho del hombre y deber del gobierno garantizar la tranquilidad hogareña de los ciudadanos, inermes ante profesionales de la voz que con arte y mucha maña te sueltan un rollo como para que se te corra el rímel. Pensando en hacer taquilla trastornan a conciencia las eternas rutinas occidentales y se te cuelan en casa, acabando con la paciencia de la gente sencilla del pueblo llano. Eso está muy mal, Pascual.
«Sonreír es vender», aseguraban los manuales de mercadotecnia. Hoy ya no es el caso, pues lo modernuchi consiste en que te llame a casa una muchacha de Murcia, por poner un caso, bien surtida de malabarismos verbales con los que intenta enchufarte una pomada regeneradora o bien el último ejemplo de tecnología punta en cuestión de aparataje informático. Normalmente, soy hombre bregado y curado de espantos, pero cuando ves en el identificador un prefijo anormal se te ponen los pelos como escarpias al verte abocado a una berrea comercial y la consiguiente epifanía de la verdad revelada. Una situación más preocupante que si te nace un hijo transexual y está cerca el señor obispo. Así que, haciendo de tripas corazón, no te queda otra que coger el aparato y preguntar igual que doña Rogelia lo de: Mande… Normalmente les sale el tiro por el cubata, o como se diga, pero tan abruptas interrupciones de lo cotidiano constituyen otra de las calamidades con las que se adorna nuestra pobre existencia.