TRIBUNA
Obispos contra la fe

C uando los creyentes leoneses acuden a la Santa Misa y se pide «por nuestro obispo Julián», se hace sin ninguna reserva, porque se cree que dirige la grey católica dentro de los principios que le otorga el Derecho Canónico. Pero nos consta que en otras latitudes, cuando se pedía por «nuestro obispo José María» (Setién), alguien decía para sus adentros «por ese no».
Es muy triste, para los católicos, ver a sus obispos jaleando por los lares de lo pedestre y arrastrando la capa magna por los barros de la heterodoxia cristiana, apoyándose con el báculo entre los cadáveres de curas y monjas (pueden leerse a diario tales mártires de 1936 en le revista mensual de la oración de la Iglesia Magnificat), Se sabe —y es su obligación— que a los obispos les corresponde, «conservar la doctrina sana y ortodoxa, mantener las buenas costumbres, corregir las malas, promover la paz…» (C. Canónico 343). Es más, el mismo Código de Derecho Canónico les obliga a «predicar el Evangelio por sí mismos, de no estorbárselo algún impedimento legítimo» (1327).
Pero hete aquí, que los obispos catalanes se introducen en albero de la política olvidando que su misión no es exactamente esa. Aun así, podrían pronunciarse sobre los comportamientos de la totalidad de un pueblo pero no apoyar unas decisiones políticas —humanas— en favor de quienes incumplen las normas que se han dado los ciudadanos sean cristianos o agnósticos. Otra vez se vuelven a olvidar de su compromiso pastoral, a saber: «Urgirán los Obispos, la observancia de las leyes eclesiásticas; y no están facultados para disponer el derecho común…» (336).
Se refieren los obispos catalanes a la «legitimidad moral» referida, por supuesto, a una parte del pueblo catalán —independentista— olvidando la «moralidad», tan legítima como aquella de los no independentistas. ¿Qué es sino la instalación de un lazo amarrillo en alguna iglesia de Cataluña como defensa de unos presuntos delincuentes encarcelados? Es más, desde esta nota de la Conferencia Tarraconense, no se sabe muy bien qué es eso de «legitimidad moral». En las relaciones humanas se llama moralidad a una cuestión de conciencia y que afecta al ser de la persona, mientras que la legitimación es un concepto jurídico que, como un ser social está sometido a la legalidad y que está dotado de un plus de responsabilidad dentro del poder social, esto es, de normas jurídicas del Estado.
Han de saber los Obispos que todos —digo en general sean catalanes, madrileños o leoneses— estás sometidos a unas normas que, en una sociedad democrática es imposible que se hable de otra legitimidad que no sea la salida de unas elecciones, por muchas misas que se digan a favor de presuntos delincuentes, y que al pedir por cada obispo nacionalista, algunos dirán para sus adentros: «por ese no». Se está perdiendo la fe. Menos mal que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que «la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana» (150); y que el Vaticano I ya nos dijo que «presentar por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia» (154). Queremos decir que existe una dicotomía entre la enseñanza de los obispos catalanes y la iglesia de Cristo. Lo sentimos, pero a muchos no nacionalistas solo les sirve la fe en los Evangelios no el seguimiento de las loas obispales a la llamada «legitimación nacionalista».
Quizás los obispos catalanes no han tenido en cuenta las advertencias que se observaron en el Encíclica Gaudium et spes al decir que el nacionalismo y el racismo son obstáculos que se oponen a la formación de un mundo más justo y que «para establecer un verdadero orden económico universal hay que abolir las ambiciones nacionalistas». Más claro no se puede decir; de manera que la supuesta doctrina de la Conferencia Episcopal Tarraconense de los obispos «naziseparatistas», además de ir en contra la doctrina de Roma, producen una injerencia terrenal en la fe de los creyentes, tergiversan y adulteran las creencias religiosas del cristiano.
Es sabido que, cuando la Iglesia se somete al completo en la mundana vida política, se contagia con los avatares perniciosos de la materialidad, de tal forma que se pierde, casi siempre, la fe. Así el partido político llamado democracia cristiana terminó adaptado en los consejos de administración del capitalismo; los autodenominados curas obreros fueron el germen de células comunistas, etc. De tal manera que cuando se apoyan en la mal llamada legitimidad moral nacionalista, se mezcla la ética cristiana con la legalidad social en una amalgama de difícil digestión. Y así, cuando se inicia una andadura por los caminos de una política sectaria se pueden producir reveses para la fe .Una moralidad cristiana debe presidir cualquier inicio de la política, entendida como se dijo en la Encíclica citada: «Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo».
No es el momento —en el espacio de un artículo— de diferenciar entre legitimidad moral y legitimidad política, pero no es de recibo que, a través de una tendencia nacionalista–separatista, puedan producir los obispos en los creyentes una opción perjudicial para le fe. No obstante por mucho que se empeñen en poner vallas al pueblo cristiano para el ejercicio de la fe, ésta se mantiene con la fuerza de la decía Unamuno ( La agonía del cristianismo , 64): «Hay lo que podríamos llamar más bien que fe, más bien que voluntad de creer, ganas de creer».