AL TRASLUZ
Tentación y caída
En la Biblioteca Pública de León ocurrió hace meses un hecho asombroso: alguien había hurtado un poemario. No un best seller o un manual de autoayuda, sino un libro de poesía: El silencio, del leonés Salvador Negro. El otro día coincidí allí con él cuando acababa de reponerlo con una donación de sus fondos de autor. Hurtar libros de la Biblioteca atenta contra la filosofía de pertenencia compartida, característica de este centro tan querido por sus usuarios habituales. ¿Quién puede haber sido?, le pregunté y se encogió de hombros. Es una edición muy sencilla, por su precio de venta resulta asequible casi a cualquiera. Parecíamos dos personajes de un cuento de Chejov, de esos que mientras conversan sobre un asunto en apariencia nimio, de repente, la vida se les revela en su condición de misterio sin respuesta. A mí se me ocurren muchos sospechosos y sospechosas, incluso algún ectoplasma. Si hay tierra que lleve en su genoma la poesía es la nuestra. Por la calidad de El silencio comprendo la tentación y la caída. Sin embargo, la Biblioteca es un tesoro de todos. Hurtar un poemario que te puede ser prestado solo puede evidenciar dos cosas: egoísmo coleccionista o, ay, pobreza vergonzante. En fin, unos suspiran delante de los escaparates de Tiffany, otros lo hacemos delante de los de las librerías. Sin duda, ante tanta devoción lectora, el autor le hubiese obsequiado un ejemplar. Y además, dedicado.
Mañana es el Día Mundial de la Poesía. Y Negro tiene nuevo libro: Manual para suicidas, con prólogo de Gamoneda. También es extraordinario, reflejo de una sensibilidad reflexiva forjada en el recogimiento, fuera de clanes. Pero si el amigo o la amiga del poemario ajeno carece de dinero para adquirirlo, mejor espere a que la Biblioteca lo incorpore a sus fondos. Podrá sacarlo, una y cien veces, pero con vuelta.
Si Charlot hurtaba comestibles en los tenderetes de la calle, también el hambre de poesía hay que saciarla, aunque no así. Quien hurtó el poemario no está en busca y captura por ello, pero quizá su conciencia le impida disfrutar de la lectura. Tiene arreglo. Coja el libro, lo mete en un sobre y se lo remite a la Biblioteca, en un acto anónimo de justicia poética. Tentación, caída y… devolución.