TRIBUNA
La Semana Santa enamora

N uestra España recrea cada primavera, con una escenificación espectacular, el mayor acontecimiento de la historia del mundo cristiano: la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
En realidad es la «gran fiesta del perdón», la gran aportación del cristianismo a la humanidad. El perdón, para los cristianos, es el culmen de la ética, el único antídoto contra la venganza. El mayor ejemplo, que nos debe servir como lección, que Cristo perdonó a sus asesinos. Así en Semana Santa se deben purificar todos nuestros sentimientos.
En nuestra ancestral piel de toro, la Semana Santa es, en realidad una forma apasionada de vivir aquellos momentos plenos de amor, comprensión y compasión, reflejado en las iconografías que recorren ciudad a ciudad, pueblo a pueblo, escenificadas por los penitentes de carne y hueso que avivan nuestras emociones anualmente, saliendo a las calles para dar testimonio público de su fe, situándonos realmente delante de los espejos de nuestras propias vidas.
Mil variaciones sobre la misma historia secular. En cada término, un matiz. En cada sitio, una costumbre. En cada espacio, una estampa. En cada parte, una forma de entender nuestro devenir en nuestra propia existencia.
Los siete días sagrados, hoy ya convertidos en diez, nos reconvierten, al menos momentáneamente, como seres humanos, pues ni el exilio, ni la edad nos alejan de nuestra inocencia, de ese «tiempo, sin tiempo, de todos los niños», volviéndonos a nuestras auténticas señas de identidad de la infancia y la juventud, a donde todos, en algún momento, hemos querido regresar.
Nos recubrimos de las tonalidades azules (marianas), moradas (penitencia), rojas (sangre) y negras (luto) durante las primeras jornadas, para explosionar, en el día final, con la pureza del blanco como signo de la resurrección a la nueva vida.
Y hacemos expiación durante horas y horas por nuestros espacios urbanos, por donde caminamos habitualmente el resto del año, pujando, cargando, empujando, acompañando y escoltando a nuestros cristos y vírgenes, con austeridad, penitencia y dolor, dando contenido a estos actos expresivos del fervor popular, impulsando la piedad de los fieles y trasmitiendo el mensaje universal de la Redención.
El grandioso patrimonio artístico de las hermandades y cofradías de España sale a la calle, año tras año, haciendo de nuestro espacio patrio «el mayor y mejor museo del mundo», con la mejor escenografía posible contenida en nuestro grandioso patrimonio monumental que se asocia, de forma indisoluble, para hacer que el observador recree su vista y sus sentimientos de una manera irrepetible. De madrugada, a pleno sol, de atardecida o en la noche mas cerrada, todo representa la vida misma, el paso de la oscuridad a la luz y de la luz a la oscuridad, según fue creado por nuestro Padre Supremo.
Un sinnúmero de crucificados y piedades caminan por los empedrados, adoquinados y asfaltados de esta tierra, dando una clara muestra de nuestras creencias interiores. Imágenes que llevan la pátina de miles, de millones de miradas, aderezadas de orfebrería, bordados, luz de cera, olor a incienso y flores y música fúnebre.
La Soledad y el Cinco de Copas de Zamora. La Cena, de Murcia. Los Pasos Grandes, de Medina de Rioseco. El Cristo de los Legionarios y Jesús el Rico de Málaga. El Yacente, de Segovia. El Abuelo de Jaén. El Cristo de la Luz, de Valladolid. El Prendimiento, de Jerez. El Cristo Negro, de Cáceres. El Medinaceli, de Madrid. El Atado de Zaragoza. El Gran Poder y la Macarena, de Sevilla. Todos estos pasos son una muestra inigualable de lo anteriormente expresado.
Pero no solo son las imágenes las que escenifican toda esta Semana Mayor, son también las muestras de la religiosidad popular más profunda, como los Amortajados de Bercianos de Aliste (Zamora), los Picaos de San Vicente de la Sonsierra (La Rioja), los Danzantes de la Muerte de Verges (Gerona), los Empalaos de Valverde la Vera (Cáceres), las Turbas de Cuenca, los enfrentamientos entre los Azules y Blancos en Lorca (Murcia) y la competencia entre los Californios y los Marrajos en Cartagena (Murcia).
Y además las Pasiones Vivientes de Riogordo (Málaga), de Olesa de Monserrat y Esparraguera (Barcelona), de Valmaseda (Vizcaya) y Cervera (Lérida).
Y también los Desfiles Bíblicos de Puente Geníl (Córdoba).
Asimismo las Tamborradas de Hijar y Calanda (Teruel) y Tobarra y Hellín (Albacete).
Y para rematar los Barandales y el Merlú de Zamora.
Y en nuestra tierra leonesa, en la provincia, el Lambrión Chupacandiles de Ponferrada, las Caídas de Almanza, la Subasta de los Pasos y la Isa de Sahagún, la Carrera de San Juanín y el Desenclavo de Astorga, el Cristo de los Misereres de Villamañán, el Santo Potajero de La Bañeza, las Matracas y Carracas de Mansilla y …
En la capital, sumado a la peculiaridad única de la Ronda, la Virgen del Mercado… y el Nazareno… y las Angustias… y el Cristo de los Balderas… y el Dáinos… y la Piedad… y la Cena… y la Urna… y la Flagelación… y el crucificado de la Redención y … cada una de las escenas de nuestra excepcional exposición anual, itinerante y efímera.
Santa Semana.