Y volver, volver…
L as palabras de Martínez Majo han dado la vuelta a España: «Vale, Cifuentes no tiene el máster, ¿cuál es el problema?». Está muy claro: la mentira continuada. Con el agravante de que la misma ha sido pergeñada desde el ámbito académico, terreno donde solo deberían tener cabida la verdad y su hermana la duda. La política española adolece de una obsesión patológica por el liderazgo, entendido como poder del yo. Precisamente, Majo es un líder político que se caracteriza por lo contrario: por su prudencia y sencillez. De ahí que sus palabras hayan provocado estupor, pues no le reflejan. He hablado con él dos o tres veces, las suficientes para saber que su perfil humano está en las antípodas del todo vale. Goza del afecto general, de los suyos y de los contrarios. No es un populista, ni un bocazas. ¿Por qué dijo eso? Al parecer, quiso mostrar un apoyo, una petición de que se tengan también en cuenta los aciertos de Cifuentes, pero estuvo muy desafortunado. Cuando era candidato a la presidencia de la Diputación hizo esta bella declaración, que sí le refleja: «Deseo, espero y pido a Dios que nunca haya un caso más de corrupción en la Diputación». El caso Cifuentes es muy grave. No es lo mismo una mentira en el currículo de un parado, en su desesperación por encontrar un empleo, que en la de un alto cargo que busca impulsar su propia trayectoria. La clase política -como la académica- está obligada a la ejemplaridad. Javier Alonso, secretario de los socialistas leoneses, y con excelente currículo universitario de los de verdad, se ha mostrado muy crítico.
Y claro que es más grave lo acaecido con los EREs. Pero que el secretario general del PSOE madrileño, José Manuel Franco, quien ha presentado la moción de censura contra Cifuentes, tenga también un título académico por ciencia infusa no minimiza el escándalo del máster la presidenta, sino lo agrava. Los populismos se frotan las manos.
Quizá una de las películas más bellas sea El hombre que mató a Liberty Valance, en ella se nos advierte en un bellísimo y sutil plano final que ni el amor ni el prestigio político se pueden basar en una mentira. Volvamos a los clásicos. Volvamos al mérito. Volvamos al esfuerzo. Volvamos a la verdad.