Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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E ste año el mes de abril es frío; se diría que parece febrero. Abril es el mes que tiene el nombre más bonito, probablemente. El que mejor aúna el agua y el viento. Abril esta vez ha salido fuerte, pero no cruel, como escribió T.S. Eliot en el más famoso poema del siglo XX: La tierra baldía . En todo caso, abril tiene un encanto grande en León. Es el mes que hace de gozne entre el invierno final, casi siempre aguerrido, y el verde mayo, el que luce con tanta fuerza en las tierras frías, en la nuestra. Mayo, como una luz que viene del subsuelo, y que pasa por el tamiz de la hierba.

Abril está cargado de memoria. Yo recuerdo un abril muy leonés, y a la vez muy nuevo para un leonés del Bierzo. Sucedió en las aguas del Órbigo, ya cerca de la provincia de Zamora. Había viajado con mis compañeros de curso en el tren que unía Astorga y Plasencia, el que liquidó Felipe González hace ya más de treinta años. Nos bajamos en Valcavado y fuimos caminando hasta Navianos de la Vega. Aquel lugar nos pareció un paraíso de vegetación y agua, de sol de abril. Éramos jóvenes, nos bañamos en el río. El frío entonces no nos arredraba. Un compañero cuyos padres eran emigrantes en Alemania, tenía un pequeño tocadiscos a pilas. Puso una canción que era novedad entonces, y bien apropiada: El río, de Miguel Ríos. Nunca olvidé el sonido de esa música en la tarde después del agua, la visión de la pradera y de los chopos. La sensación de estar lejos de todo el mundo complicado y aburrido, y muy cerca de una verdad que me sobrepasaba. Desde entonces ese día modesto, lejanísimo, de hace ahora justo cincuenta años, quedó en mí como una promesa de algo que tampoco sabría definir. Era un abril en la cuenca del Duero. Un abril leonés diferente del que yo conocía, el de los ríos del Bierzo. Parecido, pero nuevo.

No es cosa de contar más días de abril. No hay espacio, no tiene sentido. Solo quería revivir aquella tarde. Aquel destello de la adolescencia al sur de la provincia de León. No sé si es por la huella de aquel día, si por algunos viajes que hice en solitario o no sé por qué, pero lo cierto es que me emociona el paisaje llano y fluvial del sur leonés; no solo el fulgurante y vertiginoso de los ríos de los valles altos, junto a la cordillera. En Navianos había otro ritmo, otra sabiduría, otro modo de estar en el mundo. Sin salir de León. Con los años uno tiende a la planicie, a la luz, a la sencillez. Aunque no renuncia a las montañas ni a los ríos bravos. Pero tal vez predomina el paisaje sosegado. Y por ahí me vino a ver aquel abril, medio siglo después. León es tierra propicia para la lírica, no solo para la gastronomía y la historia. Y es hermoso guardar los pequeños tesoros íntimos que hemos vivido, ahora o hace tiempo, en las tierras raigales, en las nuestras. Nos hace bien. Y nos impulsa a la acción y a la alegría.

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