Diario de León
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León

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30 años sin ti

T al día como hoy, un 26 de abril de hace ya 30 años, te nos fuiste. Precisamente ese día, el Día de la Patrona de tu (nuestro) colegio, esa fecha festiva que tanto te gustaba y que tanto disfrutaste con tus compañeros de promoción, con tus amigos, con tus queridos PP. Agustinos y con tu querida Asociación de Antiguos Alumnos. Ese día tu querida Madre del Buen Consejo, que tanto nos enseñaste a querer, te llamó con ella. Aún hoy, al cantar su himno, quizá la primera canción de mi memoria, me emociona y nubla mis ojos al recordarte.

Treinta años es mucho tiempo, sí, pero tu ausencia se nota igual, casi con la misma intensidad, cada uno de nosotros a nuestra manera. Tu mujer, tus tres hijas y tu hijo. Mientras y todos estos años, seguro que nos estás velando desde allí arriba. Como también a tus cinco nietos, que por desgracia no llegaste a disfrutar, como ellos no han podido conocer a su abuelo Luis Alfonso, el de Boñar.

Yo qué te voy a decir de ellos. Que tienes cuatro nietos y una nieta maravillosos y muy especiales. Orgullo de tío seguramente… El mayor ya trabaja y le va muy bien. El segundo, terminando los estudios y parece que le tira el negocio de su otra rama familiar. El que está justo en el medio, es el artista de la familia, estudioso y con mucho talento para la escritura, la escena y las artes en general. Después viene la única chica, y como tal un poquito debilidad de todos. Sonriente y alegre, tan solo verla te alegra el día. Y por último tenemos el más pequeño pero grande a la vez, el terremoto de la familia, movido e inquieto, pero que nos encandila a todos.

Yo, que no me ha tocado ser padre, tengo la suerte de que se haya hecho realidad aquello de que «A quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos». Y además, de ser padrino del mayor y del pequeño.

Pero lo mejor de todo, al menos para mí, es que a todos ellos les encanta Boñar, tu querido pueblo, que ya sienten también como suyo. Me gusta pensar que algo has tenido que ver en ello desde ahí arriba. Igual que en vida nos inculcaste a nosotros el amor a nuestro pueblo y a nuestras raíces. Da gusto ver cómo disfrutan de sus rincones, de la gente, de sus caminos, de la Plaza, de El Soto, yendo a bañarse a la piscina o al río… Y cómo no de las mollejas y las bravas de Cordobín, de las aceitunas y las patatas de la terraza de Lalo, de ir a comprar donde Chucho, de pedir la cena donde Carpo, de ir a comer a La Praillona o a Remellán, ir donde tía Belén…

Todos seguimos yendo por el pueblo, cada uno en la medida en que sus obligaciones se lo permiten. Seguro que te gusta. Yo incluso me fui a vivir a Boñar hace tiempo ya, como soñaba desde hacía tantos años… Ah, y en tres días cumplo un año de casado. Te gustarían, tanto ella como su hija. Pero ya estarás al corriente de todo esto, y de más, porque cada uno de nosotros, a nuestra manera, te sentimos muy cerca y muy presente en nuestras vidas. Cuánto te echamos de menos y cómo nos sigues haciendo falta. Pero aún nos emociona cuando algún paisano o paisana tuyos nos cuenta, siempre con cariño, algo de ti…

LUIS ALFONSO RODRÍGUEZ. BOÑAR

Villameca, el

general La Torre y yo

Y o nací en Villameca y aquí vivo por propia voluntad. Por esta razón contesto al artículo publicado sobre Abel Aparicio en este periódico bajo el título «La verdad sobre el general La Torre Roca». He de decir que escribo a título personal, sin que me mueva a ello ninguna ideología. Soy vecino de personas y las juzgo por si son honestas y cabales, poco o nada me importa si tienen bando o no lo tienen. Mi abuelo fue capataz en las obras del pantano de Villameca, era rojo declarado y militante de la CNT y tuvo a su cargo a muchos de los presos que en él trabajaron después de la guerra y, en mi casa, nunca los hemos olvidado. Si eso que se cuenta en el artículo es la verdad, yo voy a contar aquí la mentira. Villameca es conocida, del uno al otro confín, por la generosidad de su tierra y la abundancia de metales preciosos por doquier. Que se daba el caso de, queriendo roturar una finca para su aprovechamiento agrario, tener que desistir, por ser tantas las pepitas de oro que en ella aparecían, que se tornaba insufrible el trabajo de limpiarlas. Así, mientras el resto del país sufría la postguerra, entre rencores, llanto y miseria, aquí, en Villameca, dedicábanse las gentes a derrochar los cuartos proyectando una bonita avenida de anchas aceras y generosa arboleda. Salpicada aquí y allá de cómodos bancos para el descanso y solaz de los vecinos y cuatro refrescantes fuentes con su grifo. Tener agua corriente, con su captación, depósito y traída para los vecinos era entonces, para cualquier pueblo en este país empresa más que dificultosa, sin embargo en Villameca fue cosa de chascar los dedos y listo. Agua corriente en cada casa y en todas las fuentes de la avenida. Lo del teléfono ya fue un gesto algo excesivo, lo reconozco, el gusto por el lujo que acostumbramos los afortunados. (El teléfono se puso en Villameca porque Quintana del Castillo declinó el ofrecimiento). Podría seguir contando aquí mil y una como estas y corrigiendo, de paso, los errores del artículo. Pero no tengo ganas. Yo no soy sospechoso de defender fascistas, golpistas ni militares pero, si el general Rafael La Torre Roca, militar, golpista y fascista, no hubiera pasado por Villameca, habríamos tenido, como otros tantos pueblos de España, dolor y miseria, pero sin teléfono, ni agua, ni avenida, ni bancos, ni fuentes, ni convites. A cada uno lo suyo, sea del bando que sea. No hace falta investigar mucho para saberlo.

CARLOS SUÁREZ FELIPE. VILLAMECA

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