Diario de León

Publicado por
Isabel Cantón Mayo Catedrática de la Universidad de León
León

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U n sociólogo y periodista escribía hace unos días un artículo titulado: «A favor de la titulitis, el enésimo pecado mortal de la clase media y baja española». En él se argumentaba muy acertadamente el legítimo orgullo de este sector de la población que supone alcanzar un título universitario y la gran desviación que se está produciendo en ese sentido. El título que se enmarcaba y presidía el salón o el despacho de los profesionales, ha llegado a esconderse en un cajón y hasta a ocultarse en el currículum para optar a un puesto de trabajo con el fin de no ser descartado por la sobrecualificación alegada. Lo que en mi generación ha sido motivo de satisfacción y de consecución de metas académicas y profesionales hoy es rechazado por los jóvenes de forma, a veces inconsciente, por la degradación a que los políticos lo han sometido, por la proliferación de universidades semiprivadas, y por la exhibición de titulitis que ha supuesto un grave perjuicio para los muchos a los que llegar al título nos supuso un arduo, penoso y largo esfuerzo.

Detrás de ello está la creencia compartida de que hay títulos para ricos-acomodados y títulos para pobres. Así, mientras los primeros buscan, cual Lázaro de Tormes, comer dos uvas mientras los demás comen una, y consiguen títulos sin esfuerzo, con rapidez, con influencia, con dinero y con poder, la mayoría deben «pechar» (de pechero, pagador) y conseguir primero el dinero de las cada vez más costosas matrículas y luego desgastarse codos y pestañas en el trabajo académico, exigente, riguroso y lento, para poder acceder a lo que les permita algún tipo de ascenso social y profesional. Los de este segundo grupo que ejercemos la profesión docente universitaria, llegando a ella después de haber pasado por becas, trabajos de verano, de invierno, de día y de noche, de esfuerzo y de penurias, hemos tenido que responder más de una vez a algún personaje del primer grupo, que pretendía «convalidar» «sustituir» o directamente aprobar sin cursar una determinada materia, con indignación, que no contase con nosotros. Pero poco después conocíamos, casi siempre, que el susodicho había encontrado el camino corto y había conseguido su deseo sin despeinarse. La ostentación de estudios, que únicamente se ha iniciado por parte de políticos con la intención de hinchar su menguado currículum académico, ha hecho que alguno con haberse matriculado de dos materias, que no ha cursado, sostenga que tiene estudios de ingeniero, arquitecto o licenciado, con el consiguiente engaño de quien no repara en que no dice titulado, y lo iguala a quien ha cursado, aprobado y obtenido esa titulación tras largos años de estudio y trabajo.

Hay que distinguir los grados y las antiguas licenciaturas, donde era y es casi imposible el trapicheo y la influencia, por el número de asignaturas y por el grueso de profesorado que las imparte con dignidad y justicia, de los másteres que han aflorado como setas en terreno propicio, fundamentalmente desde el Plan Bolonia. Que sea posible obtener un máster cursando sólo cuatro materias de las veintidós de que consta da idea del menguado trabajo para la obtención de ese título. Sin embargo cada universidad diseña sus másteres, los ejecuta y los evalúa de forma particular, aunque oficialmente estén todos evaluados y supervisados por la Aneca, que exige determinados estándares de calidad de los mismos con evidencias y pruebas de acreditación periódicas. El particularismo favorece los atajos, evita la generalización, desvía la atención y ayuda a disfrazar de cara a la oficialidad lo que ocurre en la trastienda realmente. La proliferación de universidades privadas, de delegaciones de universidades estadounidenses o latinoamericanas, con delegación en España, ha facilitado, aunque sea en contados casos, este tipo de prácticas.

A ello se une también el carácter diacrónicamente pícaro del español. Hace un tiempo yo escribía en Diario de León que en la Universidad española hay dos tipos de profesores: los investigadores y los conspiradores, y que les iba mejor a los segundos. Lo mismo mantengo para los estudiantes: hay quienes estudian la asignatura y quienes estudian como aprobarla con atajos: deportes, pertenencia a ONG, sindicatos, asociaciones, representación estudiantil, convalidación, aprobado por compensación, etc. que constituyen un maremágnum de posibilidades, que bien manejadas, ahorran esfuerzo de estudio aunque se compense con la relación social. Aunque tales prácticas son legales, la formación del que las utiliza queda mermada, mientras aumenta la indignación y la amargura de los leales que trabajan y se esfuerzan. Asumiendo que somos un país donde la honradez no cotiza, y donde se envidia a los conseguidores, es preciso que los valores de lealtad, la honradez, el ahorro, el esfuerzo y demás sean objeto de admiración y de enseñanza desde la escuela primaria.

A los que nos han costado mucho esfuerzo los títulos y el acceso a la universidad rechazamos la titulitis de los políticos y seguimos pensando que el amor al saber, el esfuerzo y la vocación son necesarios en la Universidad. Además nos sentimos orgullosos de pertenecer a ella rechazando este tipo de prácticas que degradan lo más genuino de la sociedad y que ponen en solfa años de esfuerzo de estudiantes, de padres y de la propia sociedad que ha financiado y valorado los estudios universitarios.

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