Diario de León
Publicado por
Joaquín González Cuenca profesor facundino
León

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C on motivo de la reciente Semana Santa se publicó este artículo en la revista Nexo de la Cofradía de Jesús Nazareno, de Sahagún. Su contenido sobrepasa lo estrictamente religioso, para convertirse en una denuncia del estado de postración en que se encuentra la comarca. Por eso parece oportuno reproducirlo en la prensa, aunque no sea más que como un desahogo. El asunto merece, sin duda, un tratamiento detallado y riguroso, pero urgente, si no queremos presenciar cómo la comarca se hunde definitivamente. ¿Sería mucho pedir que se pusiera remedio a tanta ruina?

«Permítaseme hacer unas consideraciones previas antes de entrar en materia. No es mi intención desvirtuar el sentido de la Semana Santa con una profanación. Si quito protagonismo al Nazareno doliente para dárselo a todo un pueblo y cargo sobre sus hombros el peso de la cruz, lo hago a sabiendas de que estoy usando una metáfora, pero tengo muy claro que la Semana Santa es la Semana Santa y no otra cosa.

Y digo esto porque hace un par de años vino a pronunciar el pregón uno de esos periodistas marisabidillos que aprovechó la ocasión para decir que él era ateo. Por supuesto que estaba en su derecho en confesar su condición de incrédulo, pero ¿de verdad que un pregón de Semana Santa es la ocasión de proclamar el propio ateísmo, hiriendo con ello la sensibilidad de los que se consideran creyentes? Digo yo que ante todo hay que respetar las creencias, y si no sabes respetar, lo mejor es callarte. Lo dijo agudamente don Antonio Machado: No tu verdad; la verdad./ Y ven conmigo a buscarla;/ la tuya guárdatela.

Reconozco que no es fácil encontrar el tono adecuado para un pregón de Semana Santa o para un articulejo como éste. No sabe uno a quién tiene que dirigirse. No vale el sermón a palo seco; para eso está el púlpito. Pero tampoco vale el discurso del periodistilla ateo de marras. Ante la dificultad, el recurso para salir del paso es refugiarse en los recuerdos de infancia, vengan o no vengan a pelo, y limitarse a contar detalles de cómo era la Semana Santa de antaño. Creo que la vida es más una cuestión de futuro que de pasado.

En la Semana Santa de antaño había mucha barbarie y hay muchos que apelan a la tradición para justificar lo que era una pura barbarie. Yo no veo la gracia a ponerse de orujo hasta el culo y zarandear los pasos como si fueran muñecos de trapo. Para eso está el carnaval. Yo estoy seguro que hay quienes en nombre de la modernidad y la desacralización «enriquecerían» las procesiones con charangas, comparsas, payasos y alguna que otra drag queen. Lo repito: para eso está el carnaval. Esto es otra cosa.

Doy por supuesto que la Semana Santa es la Semana Santa y no una verbena. A pesar de todo, yo me voy a salir del guión y, aprovechando que tenemos ante los ojos las figuras de la Pasión de Cristo, me voy a referir a otra pasión, la pasión y muerte de Sahagún.

Porque es innegable y doloroso ver a Sahagún «con la cruz a cuestas». Con ello me voy a limitar a exponer brevemente la situación de lo que está ocurriendo y de prever que pueden venir males más graves.

No hace falta decir que cuando hablo de Sahagún hablo de la villa y su comarca, porque todos somos igual de sahaguneses. Y lo que está pasando es que Sahagún, como Cristo, está agonizando. Hay que estar ciego para no ver lo que está ocurriendo aquí. Esto no se arregla con cuatro ayudas oficiales y cuarenta bares para malvivir. Esto tendría que arreglarse con gente, pero la triste realidad es que Sahagún se está quedando sin gente, es decir, sin vida. Unos nos hemos tenido que marchar y otros se han quedado para envejecer lánguidamente, como una vela que se apaga. A los que nos duele nuestra tierra se nos parte el alma al compararnos con otras tierras que no eran nada y ahora las vemos prósperas y rebosantes de vitalidad.

Y ¿por qué ha ocurrido eso? ¿Por qué hemos quedado para esperar la muerte refugiándonos en la historia y en cuatro monumentos que serán todo lo bellos que queramos, pero que son eso, bellas ruinas que solo son testigos de un pasado vivo y próspero? Para no hablar a humo de pajas y por poner un par de ejemplos entre muchos que podría aducir, me pregunto: ¿en qué se han convertido aquellos huertos que eran gloria bendita y ahora son un secarral invadido de hierbajos? ¿De qué nos sirve un Instituto cuya única función es preparar a la gente para la emigración?

No quisiera que mis palabras sirvieran para fomentar el pesimismo y la desolación, pero mucho me temo que, si no se pone remedio, el futuro puede ser aún más negro. No hace mucho le decía yo a Julio Llamazares: Tu pueblo, Vegamián, murió heroicamente, tragado por un pantano; el mío está muriendo de inanición.

A pesar de tanta decadencia, quiero que mis palabras sean una llamada a la recuperación de la vida que se nos escapa, no un canto fúnebre ante lo que parece inevitable. No me resigno a creer que es imposible la esperanza. A lo largo de la historia, también de la historia reciente, Sahagún ha producido hombres capaces de dejar huella, aunque no deja de ser lastimoso que su esfuerzo y su valía hayan tenido que dar fruto fuera de nuestra tierra; es la hora de crear las condiciones para que la valía demostrada encuentre salida en la tierra que nos vio nacer.

Urge, pues, poner en marcha un proceso de regeneración. Para ello hay que poner fin a esa pasividad estéril que nos aboca a esperar una solución que venga de fuera y que nunca llega ni llegará. Somos nosotros mismos quienes debemos y podemos salir de la postración.

Sahagún, como el Cristo de nuestros pasos, marcha con la cruz a cuestas, en plena pasión y muerte, pero ¿por qué no esperar también el milagro de su resurrección?».

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