TRIBUNA
Mayo del 68 en París unas semanas después

H abía llegado a París a mediados de julio para comenzar mi trabajo en una sucursal del BNP en el Boulevard Sebastopol y para mejorar mi nivel de francés. En aquellos años ya lejanos, yo leía a Camus, Sartre, Huxley, Toynbee, Duverger, Gide, Anouilh, o Ionesco y escuchaba a los Rolling, Dylan, Baez, Brel, Brassens, Moustaki y otros.
Tenía muy presente entonces la convulsión revolucionaria sucedida apenas unas semanas antes, por lo que esperaba con justificada expectación poder recoger algún testimonio de lo sucedido.
Sin embargo para mi sorpresa, en las calles de la ciudad no había ni rastro de la revolución de mayo. Es sabido que en su transcurso se produjeron centenares de heridos y de detenidos especialmente tras las noches de barricadas que se organizaron en torno a Maubert-Mutualité, La Sorbona y el Bulevar Saint Michel, lugares que visité aquel verano asiduamente.
El Boulevard Saint Michel en julio explotaba de minifaldas y de gente joven que apuraba sus cervezas en las terrazas, aunque no pude percibir ni el menor vestigio de lo acaecido semanas antes en el lugar.
Tenía buenos amigos franceses, con los que paseaba con frecuencia. Algunos de ellos, eran Daniel y George, ambos estudiantes de Derecho en la Sorbona con quienes solía ir a comer los fines de semana y por las tardes acudíamos al Bulevar de Saint Germain des Pres, donde acabábamos sentándonos en una terraza.
Las calles estaban llamativamente llenas de estudiantes en el Barrio Latino. Pero los jóvenes hablaban más de sus cosas o de tomar una cerveza que de los logros alcanzados en una inexistente revolución idealizada a posteriori y elevada a los altares después. Nuestros temas de conversación habituales giraban en torno a los estudios, el trabajo, las lecturas, las ideas, el cine, las chicas, la guerra de Vitnam y otros similares.
Contra toda previsión, era como si allí nada hubiera ocurrido, como si se hubiera pasado página con rapidez y los partícipes no desearan comentar más lo sucedido. La gente hablaba sin demasiado entusiasmo de los sucesos, quizás por no haberse involucrado directamente o por ser opuestos a las ideas que se defendieron. El impulso de lo sucedido fue de partidos o grupos de izquierdas, y sin embargo, los resultados recogidos fueron muy magros. De un lado porque la otra parte de la población francesa acabó exhibiendo sus poderes con la gran manifestación de ‘La mayoría silenciosa’ a finales de mayo que fortaleció a De Gaulle, y de otro, porque los logros económicos conseguidos por las huelgas y las barricadas, se evaporaron al año siguiente por el incremento de la inflación del 6% o por la devaluación del franco en un 12%.
Debe añadirse que tras el final de los sucesos, las elecciones celebradas en Francia a finales de junio, consolidaron a los gaullistas que vieron aumentar sus diputados, en tanto que el partido comunista vio reducirse los suyos.
Con mis amigos fui recorriendo los lugares emblemáticos de la revolución de mayo y lo que yo percibí después fue bienestar, amistad, camaradería y pocas consecuencias, aparte de la impresión de quienes participaron de haber vivido una experiencia de violencia utópica y recordar unos eslóganes ingeniosos que, ellos sí, fueron imperecederos.
Para mí fue claramente perceptible que no existía entre ellos ni la sensación de haber perdido una oportunidad histórica, ni la de haber vivido un momento especial de la historia contemporánea francesa.
No mucho más tarde en el mismo año sucedió en agosto la primavera de Praga, y también en 1968, en octubre, se produjo la matanza de la Plaza de las Tres Culturas de México.
¿Puede decirse que los tres fenómenos tuvieran algún parecido? En Francia, unos jóvenes burgueses tiraron adoquines a la autoridad de un partido de derechas y el partido comunista y millones de obreros se unieron a las protestas, pero no hubo ni un solo muerto.
En Praga la Universidad pedía libertad a las autoridades comunistas y fueron aplastados por dos mil trescientos tanques y 250.000 soldados soviéticos. El resultado fue de más de 130 muertos y de 600 heridos sin que el poder comunista cediera un ápice. Y eso por no hablar de la no tan lejana represión de la URSS a los deseos de libertad de Hungría. Sucedió en 1956 y acabó con 32.000 muertos.
¿Es lo mismo reclamar «queremos amor libre», «prohibido prohibir», o «pedimos lo imposible» en un país libre, que pedir la libertad de un país que no la tiene?
Solo desde la miopía o la mala fe se pueden identificar sucesos tan dispares cuya única coincidencia es la temporal. En México la petición de libertad a la oligarquía del PRI, el eterno partido único gobernante, dejó un balance de al menos 250 muertos.
Yo llegué tarde a Paris, o quizás llegué a tiempo para contabilizar los escasos resultados de tan grande suceso aunque tuvieron tanta prensa como su coetáneo el ‘Swinging in London’.
Quizás, flotando en el aire y esperando otra ocasión, quedaron las ideas, los adoquines, los eslóganes y la ira.