Diario de León
Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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Sabemos más portugués de lo que nos creemos, lo cual, no obstante, sigue siendo desoladoramente poco. Pero a causa de que la mayoría de marcas de alimentos, cosméticos y otros consumibles han sido ya engullidas por tres o cuatro multinacionales, las informaciones que exhiben vienen muchas veces rotuladas en ambos idiomas, cosa de haber pasado a ser la casilla ibérica de sus colosales albaranes. A veces junto a otros lenguajes más o menos meridionales como el italiano y el griego, y a algunos tan exóticos como el turco y los del grupo eslavo. Y los ingredientes de los productos que parecen apenas alcanzar la línea de la salubridad constan también, ojo, en caracteres arábigos.

De ahí que un detalle positivo de la globalización sea haber aprendido que galletas de mantequilla, en portugués, es bolachas de manteiga, lo cual no deja de tener su pequeña importancia. Los desayunos, antaño ausentes y aletargados, se han enriquecido con la estimulante lectura de componentes como gordura (grasa), palabra sin duda mucho más gráfica que la nuestra. Y hasta el tiempo que pasamos sentados sobre la loza blanca, repasando etiquetas de champús y similares, nos ha descubierto piedras preciosas como caracois (rizos), perfecto ejemplo de lo eufónico, cadencioso y sugerente del idioma hermano. Por eso también me agradan las cosas del grupo Eroski, rotuladas en las cuatro lenguas oficiales, y donde la letanía Agua-Auga-Aigua-Ur me suena casi a hermoso, musical haiku. No entenderé jamás a aquellos que ensalzan el portugués y no muestran tanto cariño por el resto de idiomas —inmensa riqueza cultural— con los que, precisamente, compartimos Estado.

Vayan aquí estas pobres letras en apoyo de cualquier tipo de acción a favor del conocimiento, hermanamiento, difusión... no sólo del habla de la vecina república sino también de su cultura, gastronomía, historia y aun devenir político, y en la misma medida en que se debe hacer entre el resto de territorios del país. A quien se le llena la boca de un amor a España furibundo y monolítico hay que recordarle que dentro de esa España hay otras lenguas y otras perspectivas, tan diversas y múltiples como sorprendentes y maravillosas, y que de todo eso hay que extraer no sangre, sino savia. Alimento.

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