LA LIEBRE
Rayuela
León esconde remansos en los que se espesa el tiempo. La ciudad tiene recodos, cual si fuera un río, en los que se guarda de los rabiones de las prisas y las manillas impertinentes como dedos índices con las que los relojes nos llaman la atención. No hay que buscarlos. Surgen al descuido en cualquier paseo. Quizá una de esas tardes de vuelta de ninguna parte, en las que uno dobla desde Cardenal Landázuri por Arvejal, como tantas otras veces, y descubre a los pies las rayuelas pintadas sobre los adoquines de la plazoleta del Vizconde. No estaban ahí antes —aunque antes siempre es un adverbio cuajado de olvidos— y de repente los guajes las despiertan a gritos del sueño que duermen en el suelo para convertirlas en un elemento con vida que cambia la geografía triangular de la plaza, arrinconada desde los años en los que los palacios y las caballerizas censaban nobles y bestias. «Una rayuela, papá», se atropellan las voces, que activan el mecanismo por el que se enrolla en el primer piso una persiana de madera, camuflada entre una docena de macetas preñadas de flores. «A ver esos niños», alerta Ignacio en la ventana, mientras desliza con suspense un calderín metálico atado a una cuerda. Martín y Mateo se asoman como si fuera el brocal de un pozo de los deseos para encontrar un racimo de piedras pintadas que luego tendrán que llevar, a puntapiés cortitos y a la pata coja, desde la tierra hasta el cielo que dibuja la rayuela.
Uno quiere que se queden siempre en ese cielo. Pero me arrebata el recuerdo de aquello que contaba Cortázar en su Rayuela de que «lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar». «Y porque se ha salido de la infancia se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato», releo, cogido de la mano de Inés, absorto en el juego que ha convertido un rinconín olvidado de la ciudad en una cápsula del tiempo en la que guardar así a mis hijos para cuando al crecer se busquen y no los encuentre. Gracias, Ignacio. Ahora sé cómo. Volveré a la casilla de salida de esta rayuela descubierta en la plazoleta. Quizá fuera Cortazar quien escribió que un encuentro casual es lo menos casual de nuestras vidas.