EL CORRO
Camino de la italianización
Tal es la vorágine que rodea a la política española que cualquier análisis sobre lo que está ocurriendo, no digamos ya cualquier previsión sobre lo que pueda suceder en el futuro, por inmediato que este sea, constituye un inútil ejercicio condenado a quedar muy pronto superado por los acontecimientos.
Basta recordar el paisaje político que nos rodeaba hace una semana. El esperpento catalán, con un president investido ocupando en solitario el banco azul sin ningún conseller al que presidir, parecía insostenible por mucho más tiempo. Sin embargo, para Mariano Rajoy, respaldado en ese frente por la inquebrantable lealtad de Pedro Sánchez y Albert Rivera, lo del procés era en ese momento lo de menos; siempre, claro está, que el PNV le prestara los cinco votos que le faltaban para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado.
No se trataba de unos Presupuestos más, sino del salvoconducto para poder prolongar la vida del actual gobierno hasta el final de la presente legislatura, situando las próximas elecciones generales a mediados de 2020. Así de felices se las prometían Rajoy y el PP en la tarde del miércoles, cuando el PNV decidió que no iba a sacrificar el preciado botín obtenido a cambio de esos votos por el prurito de solidarizarse con un independentismo catalán dispuesto a inmolarse por una causa perdida. El PSOE seguía confundido con el paisaje, Ciudadanos dosificando al PP —el palo y la zanahoria— y Podemos tratando de salir como fuera, aún dejándose media coleta en la gatera, del tiro en el pie del chalet de Galapagar.
Unas horas después, la sentencia por la corrupción del PP ponía todo absolutamente patas arribas. Por mucho que disponga de Presupuestos, Rajoy y su Gobierno están absolutamente contra la pared. De momento, sometidos a una moción de censura con la que Pedro Sánchez ha recuperado una iniciativa política con la que ya ni remotamente soñaba y tras la cual, pese a su previsible fracaso, nada será igual. Albert Rivera no ha tenido otro remedio que retirar la zanahoria de la dieta suministrada al PP y se agarra al comodín de unas elecciones anticipadas que, obviamente descartada la hipótesis de que Rajoy se haga el harakiri, solo pueden producirse si sale adelante esa u otra moción de censura alternativa de resultado igual de incierto.
Por su parte, Pablo Iglesias e Irene Montero están encantados de que solo el 32% de los inscritos hayan preferido su dimisión, y Quim Torra corre el riesgo de pudrirse en su soledad sin que nadie en Madrid vuelva a acordarse de él. Este es el panorama hoy. Pasado mañana vaya usted a saber. La política española comienza a ser casi tan impredecible como la italiana.