Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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H ace días hice un viaje raro. Llegué a León en el AVE, desde Valencia, un lujo moderno y civilizado que lleva al viajero desde la orilla del Mediterráneo a la del Bernesga en menos de cinco horas. Que pronto serán menos, al parecer. Poco después, me subí a un tren completamente distinto. A un extraño convoy de pocos vagones que viene desde Bilbao y que tiene como destino Vigo. Una vez dentro de mi vagón, miré a los pasajeros, que no eran muchos, y tal vez por la extrañeza inicial de estar en un tren tan anticuado y lento, creí haber entrado en el túnel del tiempo. Calculé que estaba en los años 80. No sé, incluso, si alguno de los viajeros iba leyendo un periódico de entonces. O una novela huera y famosa, de esas de usar y tirar, pero con gran éxito en aquellas fechas.

Pronto se agudizó mi percepción del pretérito. Advertí que los pasajeros eran también de otra época. Personas mayores con algo de resignación en sus rostros, y por fortuna, muy silenciosas. Algunos ancianos dormían. El tren ya iba cruzando las llanuras que separan León de Astorga, y solo la visión del río Órbigo, en Veguellina, me devolvió a la realidad. A este milenio, a este año. Pero pronto reapareció la extrañeza. Para ello fue importante asomarme a la cafetería. Increíblemente, aquellos dos o tres coches del breve tren, también tenían servicio de bar. Pero luego me di cuenta de que o bien no había tal servicio, o nadie venía a consumir nada. Tampoco se veían reclamos alimentarios. Acepté, pues, que no se atendía a nadie, cosa por otra parte lógica porque seríamos sesenta personas en todo el tren, y sería un lujo absurdo que hubiese alguien destinado a servir alguna cerveza o algún bocadillo a los viajeros, que tampoco parecían muy proclives a consumir nada. Pero cuando había dado por hecho que el bar no funcionaba, vi que un camarero que había venido del más allá, o eso parecía, le servía una Coca Cola al revisor y a otro colega suyo.

Confuso, y ya de nuevo en mi asiento, me dispuse a ver los pueblos de la ruta, a su paso por los Montes de León. Volví a escuchar los viejos nombres que tanto recordaba, de viajes remotos, de trenes todavía más deslavazados, de mi primera juventud. Vi lugares leoneses que han mejorado mucho respecto de hace treinta o cuarenta años, tanto en sus casas como en calles y plazas, pero que ahora están muy vacíos. Y así continuó el viaje, hasta el querido Bierzo. La ruta por el tiempo encontró nuevas evidencias en Torre, en Bembibre, en San Miguel. Porque en asunto de trenes, desde León hasta Monforte, seguimos como hace cincuenta años, y no parece que la cosa vaya a cambiar. Ya en Ponferrada, me bajé muy melancólico. Y allí, en el andén, me vi, hace tantos años, subiéndome al mismo tren que iba a Vigo. Y me fui sin del todo, irme, y yo me quedé sin quedarme del todo. Cosas de los ferrocarriles olvidados.

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