Diario de León
Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Los mercados y mercadillos son uno de los pulsos de la vida, especialmente cuando las muestras presentan realidades, productos y objetos autóctonos, falsos a veces. Otra cosa bien distinta es el presente criterio unificador en cuando a lo vendido, como consecuencia sin duda de la limitada ley del mercado. De ahí que buena parte de los mercadillos sean, salvando su mayor o menor tamaño, una copia repetida. A veces con los mismos protagonistas. Así y todo, recomiendo, especialmente cuando se viaja, la visita a un par de supermercados y también, si coincide, a los mercadillos, que son habituales y fijos —famosos en no pocas ocasiones— en algunas ciudades. Estas visitas pueden convertirse en un pequeño y primer acercamiento de la realidad que visitamos, aunque nunca puedan elevarse las conclusiones a categoría. Pero el caso de los mercadillos tiene como añadido la viveza, la gracia, la vitalidad, el regateo, la ocurrencia, la chispa en definitiva. El ambiente.

En este contexto, sin entrar en la más mínima valoración, me llama la atención el borrador del reglamento regulador de los mercados ambulantes que tramita el Ayuntamiento capitalino. Según noticias publicadas, además de prohibir «producir ruidos, proferir voces o gritos…», no se deja lugar al regateo. Las medidas contra estas y otras conductas pueden costar un buen pico. Sinceramente, creo que es una forma —al menos el anuncio vocero de la mercancía y el regateo— de mutilar el espíritu de estas citas. No me gustan los mercadillos silenciosos, aunque, ya se sabe, de gustos no hay nada escrito. Para estos menesteres ya hay otros espacios. Y, por comparación, las medidas podrían hacerse extensivas. Estoy seguro de que habrá razones que no alcanzo a calibrar.

Confieso humildemente que soy un enamorado de los mercadillos, sobre todo cuando en la oferta prima lo autóctono. Gustos. He recorrido cientos de ellos por geografías muy diversas. En todos, salvo en los de los países por idiosincrasia callados, reina el bullicio festivo, religioso incluso en algunos casos, el don de la contraoferta, la gracia también de la rima, el colorido de los puestos y la voz…Tengo muy buenos recuerdos de todos, tan variados y con su propia personalidad. Para ser sinceros, de todos menos de uno, igualmente hermoso, bullanguero, profundamente distinto, con gentes admirables. Una simple fotografía, muy genérica, me llevó en Malabo a pasar varias horas en la trena. Pero esa es ya otra historia.

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