TRIBUNA
Nicaragua en el corazón
P or más de cinco años consecutivos viví en Nicaragua, la tierra que Somoza había arrebatado con la vida a Augusto César Sandino, ‘el general de hombres libres’, y a todo el pueblo nicaragüense. Por ello, durante décadas, el pueblo de Nicaragua combatió a sangre y fuego a la dictadura somocista —formada por toda una dinastía—, que con mano de hierro y sin escrúpulos de ninguna clase, con el parabién de los ricos, de la propia burguesía y de algunas iglesias, hizo y deshizo a su capricho y antojo por más de cuarenta años.
Siempre los muertos los puso el pueblo: los pobres y analfabetos soldaditos somocistas encuadrados por ‘cuatro perras’ en su Guardia (personal) Nacional, y los otros, hijos de las mismas familias de ese mismo pueblo, alistados por ideales en las filas del Frente Sandinista de Liberación Nacional, fundado por Carlos Fonseca Amador, eliminado también por la dictadura. Al final, en torno a los años 70, ya el movimiento contra los Somoza se generalizó en Nicaragua. A partir de 1975 surgieron las insurrecciones populares que tambalearon al tirano, pero que —gracias al apoyo incondicional y vergonzoso de los Estados Unidos—, nunca lograron derribar.
Allá para el año 1979, lluviosos meses de julio e insurrección popular, un reportero de guerra norteamericano, Will Stewart, de rodillas y con los brazos en cruz, fue humillado y ajusticiado a quemarropa en Matagalpa por un atrevido y desconocido soldadito del batallón de élite de Somoza. La cosa no pasó a más, hasta que pocos días después, las televisiones de Estados Unidos pasaron un documental sobre el asesinato del periodista norteamericano. ¡Eso fue la bomba, la desdicha de Somoza, la sentencia a muerte del propio dictador y la victoria del pueblo de Nicaragua! Ni creerlo pudimos los que allí todavía estábamos. Una gran parte del pueblo norteamericano había levantado su voz por boca de periodistas, reporteros, iglesias, congresistas liberales alzados para denunciar y condenar la bochornosa ayuda norteamericana al dictador nicaragüense.
¡Padrecito, se lo dije, el día que en Nicaragua maten a un gringo, Somoza se va de viaje!, me recordó mi amiga Carmen. Y así fue. Un periodista, amigo del reportero Stewart, el camarógrafo de la ABC News , Clark, había grabado el asesinato, y aún con riesgo de su vida, había logrado sacar las cintas y hacerlas llegar a los Estados Unidos. El resto, fue una gruesa, aunque corta cadena atada al cuello del dictador que pocos días después lo llevó errante por los Estados Unidos, y que pocos meses más tarde desembocó en un bombazo justiciero en otro país Latinoamericano, que terminó barriendo la dictadura somocista de la tierra de los vivos.
Conocí de paso a Sergio Ramírez en Managua siendo yo estudiante en la Universidad Centroamericana (UCA). Pocos recuerdos de él, salvo sus libros y su integración en el FSLN y más tarde compañero de fatigas del hoy presidente de Nicaragua, Daniel Ortega Saavedra, al que también, junto a su hermano Humberto vi poco después del triunfo sandinista en un homenaje en San Juan del Sur al cura asturiano Gaspar García Laviana, comandante guerrillero muerto en combate en Río Mena, Rivas, cerca de la frontera con Costa Rica.
Brevemente, hoy, tras casi 40 años de aquellos imborrables acontecimientos, el señor Ortega, comandante de la revolución popular sandinista, ha querido convertirse, sino en otro dictador, al menos en un alguien cercano a la oligarquía acaparadora, a la no menos pudiente burguesía nicaragüense, tan alejado del pueblo, que las fotos que hoy nos llegan de barricadas, caras tapadas, beligerante juventud en las calles, quema de llantas, saqueos… me recuerdan aquellos años.
¿Por qué el flamante ganador del Cervantes habrá dedicado su premio a los recientes muertos en Nicaragua? Por algo será que el viejo e incombustible luchador literario se ha apartado del olvidadizo comandante guerrillero, nacido para incendiario, y que desafortunadamente parece estar condenado a acabar de bombero, apagando las ansias de libertad y justicia por las que con todo entusiasmo y por años enteros, al lado del pueblo, combatió.
Siempre pensé —por las noticias que llegaban en los medios— que Nicaragua ‘ahora’ iba bien, pero acabo de caer en la cuenta que sí, que va bien para los de siempre, incluida su distinguida, pero ambiciosa esposa, Rosario Murillo, la vicepresidenta, y para el propio Ortega, que según mis cálculos ha olvidado todo aquello por lo que un día luchó y animó a luchar a su pueblo. ¡Ortega, ya no es Ortega!, leí en un email que uno de mis ex alumnos acaba de enviarme.
Pero el pueblo sigue siendo siempre el pueblo, y aunque tenga que poner los muertos, el sacrificio, la lucha, lo hará con gusto porque los nicas son pinoleros, valientes y generosos… salvo que caigan en la trampa de la ambición del poder y la riqueza.
Señor Ortega, ¿va a olvidar que uno de sus hermanos, Camilo Ortega murió combatiendo en Masaya? ¿que otro, Humberto, perdió una mano y ambos de ustedes, pasaron las de Caín en las cárceles somocistas? ¿Perdió usted ya la cuenta de los miles de muertos que el pueblo de Nicaragua puso en la Revolución Popular Sandinista? Parece que ahora, además del pelo, – normal a nuestros años, ¡querido quinto! - ha perdido usted toda su memoria y su fascinante aureola revolucionaria.
Los que de verdad seguimos amando a Nicaragua, nos unimos a las palabras de nuestro rey Felipe para recordarle a usted, señor presidente, que orgullosamente, pase lo que pase, seguimos llevando a ¡Nicaragua en el corazón!