El ‘Aquarius’: un gesto oxigenante
L a decisión del Gobierno de acoger a los inmigrantes del Aquarius ha sido un revulsivo estimulante que ha devuelto a la política española buena parte de la grandeza democrática fundacional, que había ido degradándose por muchas razones, entre las que la corrupción a chorros no ha sido la menos importante. Que un gobierno progresista, recién instalado tras la dura expulsión del poder del ejecutivo anterior por la indecencia de su comportamiento, atienda la llamada de socorro de unos infortunados repudiados por la opulenta Europa al margen de ideologías y conveniencias electorales es un gesto oxigenante que reconciliará a gran parte de la ciudadanía con lo público y con la socialdemocracia. El poder no sólo sirve para satisfacer bajas pasiones sino también para prodigar los más elevados valores.
De la misma manera que la propia composición del nuevo Gobierno ha aclarado mejor que cualquier declaración la ubicación del gabinete y lo esencial de su proyecto político —los nombres de Borrell y Calviño, juntos, configuran pos sí solos un claro programa en relación a Cataluña y a Europa—, el asilo al Aquarius marca también una pauta de conducta que orienta a la ciudadanía. Porque la cuestión compleja de la inmigración requiere arduos acuerdos comunitarios, decisiones valientes, medidas colectivas de política exterior, etc., pero para la España que renace, es una cuestión de ética que enfatiza el valor esencial de la vida y la dignidad humanas. Polemicemos sobre la inmigración pero después de haber acogido a los infortunados que han quedado varados en la playa hostil del norte supuestamente civilizado.
Hace décadas que la inmigración proveniente del Sur debió haber sido abordada con inteligencia desde Europa. Y se ha hecho muy poco. Zapatero y Moratinos consiguieron firmar convenios de cooperación con varios países africanos que se comprometieron a retener a sus nacionales e incluso a repatriarlos a cambio de potentes ayudas al desarrollo. Aquel intento, que fue fecundo y que otros países también ensayaron, se desvaneció poco a poco, y debería ser la pauta para el futuro. En otros casos, como el de Libia, la pacificación y normalización del país deberían correr a cargo de Occidente, que podría incluso utilizar efectivos Otan para expulsar a los islamistas radicales y auspiciar un pacto interno de gobernabilidad y estabilidad. Y en el caso de graves conflictos regionales, como el de Siria, la comunidad internacional debería ocuparse coordinadamente de los desplazados.
Ya es hora de que Europa asuma la evidencia de que un flujo ordenado y constante de inmigrantes enriquece a los países en vez de destruirlos, como alguno piensa. Merkel está convencida de ello. También aquí deberíamos plantear ese debate, que con seguridad abriría los ojos a mucha gente.