Diario de León
Publicado por
PANORAMA ENRIQUE VÁZQUEZ
León

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N o es un desdoro, en absoluto, para el buen candidato Iván Duque haber sido elegido presidente de Colombia sólo por poco más de la mitad del censo electoral, porque allí se vota poco y hay jefes de Estado —Turbay Ayala en 1978 es un ejemplo arquetípico— que lo fueron después de conocer la decisión de apenas el 40 por ciento de los ciudadanos. Lo relevante es que, joven aún, ganó las primarias en el campo conservador y, bajo la batuta y el explícito padrinazgo del influyente exmandatario Alvaro Uribe, ha sabido derrotar al aspirante progresista Gustavo Petro por doce puntos.

Está generalmente aceptado —él mismo lo hace con fórmulas corteses y un punto elusivas— que el incombustible expresidente Uribe es y va a seguir siendo el clásico poder tras el trono, tal es su papel como jefe incansable de la derecha y adversario frontal de la gestión del jefe de Estado saliente, Juan Manuel Santos, cuyo éxito histórico de cancelar la violencia endémica después de negociar un acuerdo de paz con la guerrilla, le ha valido, además de un premio Nobel, un destacado lugar en la compleja vida política nacional entendida como un instante crucial de la historia patria.

Tal vez sea prematuro dar por hecha la vuelta del uribismo y la historia abunda en ejemplos de rápida independencia de los aprendices hábiles de la tutela de sus mentores. La paz se consolida en el país, pero Iván Duque tiene una dura y larga tarea por delante. Para empezar, hay muchos asuntos graves que atender, sobre todo en la agenda social, y, además, el derrotado Gustavo Petro representa a cerca de la mitad de los votantes, aspecto que no hay que pasar por alto. La meritoria victoria del campo uribista no debería ser vengativa ni beligerante, sino una herramienta puesta al servicio de la reconciliación nacional y la pacificación social en marcha. Iván Duque, desde ya, ha de gobernar para todo el país, no para quienes lo apoyaron.

El país había dado un aviso explícito a Juan Manuel Santos sobre el acuerdo final con la insurgencia en el referéndum (no vinculante) de octubre de 2016 que dio un 50,2 por ciento de noes contra un 49,7 de apoyos, es decir, un crudo empate rodeado por una abstención también de envergadura colombiana: más del sesenta por ciento del censo sencillamente no votó. Fue en vano en términos prácticos, pero el rechazo al acuerdo con las FARC señaló bien el estado de ánimo del votante medio. Ese es el mismo votante que ahora ha dado la presidencia al candidato conservador Iván Duque después de ocho años con Santos en el Gobierno. Una victoria, la de Duque, que debe administrar bajo la sombra alargada y omnipresente del incombustible Alvaro Uribe, quien gobernó en el país entre 2002 y 2010.

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